¡AVANTI POPOLO! EL ABUSO SEXUAL

El clásico invertido de clóset de los años sesentas.
CARNAVAL 2

¿DÓNDE COMIENZA, HASTA DÓNDE LLEGA Y EN QUÉ TERMINA?

Y aunque quisiera olvidarlo, no podría.

Aún conservo el aroma largo del café, especiado con anís y canela, y su honesto amargor, de combinar perfecto con memorias que no piden perdón, porque son la verdad por décadas guardada, escueta y anestesiadamente hoy dicha, sin pretensión contada, con sencillez escrita; buscando un nombre espejo, reconocible sí, solo en cadencia y guiño, por con ese barniz anglófilo medio ridículo que le gustaba darse., pero no rastreable, por ser un secreto encargado y yo., un confidente amigo…

El personaje de complexión robusta,  de mediana estatura, rostro redondo y regordete, nariz recta y ancha, de piel morena claro, pelo entrecano y relamido, cuarentón y soltero, de aspecto afeminado.

El clásico invertido de clóset de los años sesentas.

Profesor habilitado de educación básica, bien instruido, con buen caudal de conocimientos pero empírico: como hubo tantos letrados que fueron requeridos como maestros por el gran proyecto educativo que empezó con La Campaña Nacional de alfabetización, impulsada por los gobiernos de México al término de la revolución. 

Con el país ya pacificado y encaminado al progreso, a partir de los años cincuenta.

Con figuras de la talla de José Vasconcelos,  Jaime Torres Bodet y sus inolvidables cuatro métodos educativos: el Tradicional, centrado en los docentes y la memorización; el Conductista, de estímulos-respuesta y estímulos; el Cognitivista, de procesos mentales y comprensión y; el Constructivista, donde el estudiante ponía en práctica los conocimientos adquiridos.

En todos ellos, el maestro o profesor tenía un marcaje personalizado y mucha, demasiada cercanía con los educandos.  

Nuestro personaje, dicho sea de paso como a él le hubiera gustado; gozaba de buen rose social y era bien aceptado entre la curía local, acudía de tarde en tarde a platicas de sacristía.

Y en el icónico pulpito del añejo Santuario más de una vez le tocó dar el sermón en la misa de dominical.

Artemio Gálmez, que él mismo rebautizaba como “Arty Galmez” para darle un toque de inglés, y lo mismo hacía con sus alumnos para que lo usaran como seudónimo en su futuro y brillante desempeño artístico; y al mismo tiempo, aprovechaba la cercanía que le permitían sus clases privadas de inglés y español, para seducir a los tiernos púberes confiados a su aparente e inofensiva capacitación.

Así al tiempo que los instruía en las artes, cometía el pecado de despertarlos al placer mundano por medio del arte hipnótico de la seducción.

Por su condición de influyente conseguidor de placeres para otros pedófilos de la zona, nunca fue castigado, y gozó dé su mala fama como de tanta impunidad como fue necesaria hasta que se marchó como el mismo decía: “a los verdes prados de manitú”

Nuestro segundo personaje, que la vez es el primero en importancia y afecto; por sus iniciales fue el primero en la lista de asistencia del sexto grado de la escuela tipo Gral. Manuel Ávila Camacho, “Alcalde Borbolla  Carlos”.

El nombre —pronunciado con ritmo y singular afectación— sonaba casi sugerente cuando lo decía en su cantaleta de pase lista el profesor de grupo, Artemio Gálmez, que el mismo se rebautizaba como “Arty Galmez”., docente de tiempo completo y maestro particular de inglés y español en sus horas libres.

A él lo distinguía por aplicado. Ahí nació el interés por los libros, la lectura y la escritura. También, sin saberlo, por algo más.

El profesor Artemio fue un pecador pasivo y promiscuo, como tantos docentes y curas pedófilos de moralina altisonante y conducta soterrada, que entraban y salían del clóset con fingido rubor. Su fama era conocida.

Tan conocida que un día al verlo en plazuela, Eduardo Bastidas —Edy Bass, humorista y guitarrista Culichi, otro de sus alumnos predilectos— se lo gritó una vez sin rodeos:

“¡Oye, Arty Galmez”! Tú nunca llegarás a la gloria ni colgado de los huevos del Papa.”

Todo porque viejo ya, y en plena cesantía, Artemio se sentaba en la plazuela Rosales a leer la Biblia, a echar alpiste a los pichones y sin quererlo: a provocar la burla de unos y la maledicencia de otros.

Se supo de su matrimonio, breve y fallido.

A su muerte, salió de su infiernillo particular, pero no alcanzó los verdes prados de Manitú con los que tanto soñaba.

Su gran pecado para unos y principal mérito para otros, fue haber iniciado en las artes del placer prohibido a cuanto púber curioso descubrió, enseñándoles —según él— a poner el acento correcto y a entender la acción imperfecta del gerundio.

“La Biblia dice que: el hombre que se acuesta con hombre peca y no verá el reino de los cielos.

”Pero ellos no pecaron —decía— porque lo hicieron hincados y parados.

No fue contra la Biblia, sino contra el cerquillo que protegía su primoroso jardín:

Ese al que invitaba al caer la tarde, después de las clases personalizadas, para un masaje de “relax” en la nuca, justo donde —aseguraba— pasa el nervio gran simpático que se encarga de producir gratas sensaciones…

Fueron pocos los que aprendieron a entender la acción incompleta del gerundio y menos a acentuarlo correctamente. 

Y Pero fue así, como nuestro casi hermano, confundió el participio con el introito, obnubilado por las intensas eyaculaciones, entonces abundantes.

Su despertar fue tan precoz como instructivo, pero nunca llegó a definir su vida futura, que por el contrario fue de gran éxito heterosexual y fama no solo artística.

Hoy, mientras escribe sus memorias, aún duda hasta dónde debe narrar.

Yo le he dicho —poniéndote a ti como testigo y censor ausente— que ninguna biografía vale la pena si el autor no se atreve a decir toda la verdad, incluidos los pasajes que nunca se atrevió a contar, aunque muchos sepamos lo que pudo haber ocurrido.

Él, aceptando sin conceder —responde con un brillo de picardía en los ojos—, “porque la biografía no pierda su valor literario,  y si estos pequeños secretos no trascienden; se los podría contar a una sola persona  y lo haré… siempre y cuando yo esté seguro como los estoy de ti, que eres un gran mentiroso y conocido mitotero”.

“Pero eso de que  a mis ochenta años, me atreva a escribirlo en mis memorias; ¡vete olvidando re grandísimo cabrón!”

El abuso sexual no termina con la muerte del abusador ni con la madurez de la víctima. Termina —si acaso— cuando el lenguaje deja de ser cómplice y se vuelve testimonio.

CARNAVAL MZT

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