La Fogata

Hay quienes dicen que hay unas maderas mejores que otras, y que ciertos árboles dan un fuego más cálido.
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Este paraíso es mágico: lo advierto, realmente destacable. Me refiero a la fogata. Y es que el mejor momento de la jornada llega al atardecer de un día frío. Sobre todo, en esas zonas del mundo que no se prestan para que ocurra este evento, así que los pocos meses en que se puede disfrutar, resulta todo un acontecimiento. Sólo se necesita leña, palos delgados, algún cerillo, pastura seca, y todo está listo. 

Pero doy un pasito antes. Cuando estás en la playa, en el bosque, en el campo o en los cerros: si sabes encender una fogata, frente quienes no lo pueden hacer, ya es como tendrás un superpoder, y ese superpoder es más grande entre más jóvenes sean tus acompañantes, cuando los niños, desde mediados del día ya están preguntando por el momento de encender la lumbre. 

Así que el arte empieza poco antes del atardecer, considerando que en la temporada invernal el sol se pone antes, sales después de la hora de la comida al monte más cercano: ahí tú y quienes te siguen consiguen pastura u hojas secas, también logran encontrar troncos caídos, delgados o gruesos.

Hay quienes dicen que hay unas maderas mejores que otras, y que ciertos árboles dan un fuego más cálido, pero para mí esa diferenciación solo aplica si quieres hacer carbón. Pero volviendo a la recolección del combustible: todos te ayudan a llevar al punto de encuentro algo de su tamaño: los más pequeños la hojarasca, los adolescentes las ramas, y los adultos los troncos que servirán de base para el fuego.

Y ahora sí, con el sol ya escondido, pero con los restos de su luz que aun iluminan el cielo en rosas, naranjas y azules pálidos, enciendes la chispa que inicia el espectáculo. Poniendo la hierba seca en el corazón, rodeándola con ramitas chicas.  Una vez que el fuego prende, le vas poniendo troncos cada vez más grandes, cuidando no apagarlo, hasta que finalmente pones los maderos más gruesos, aquellos que soportarán la fogata toda la noche.

Cuando terminas de encender la fogata te retiras, sintiendo su calor en el rostro, y quienes te acompañan se acercan: es su momento de empezar a disfrutar.

Definitivamente es una reunión social. Pueden estar ahí los más chiquitos, buscando ramitas lo suficientemente largas como para meter un bombón o una salchicha al fuego sin quemarse, también son ellos quienes suelen buscar cuanta costa esté a su alcance, para lanzarla entre los troncos que se queman: de pronto algo explota y todos se sorprenden, en ocasiones algún material se quema de un color verde o morado, y se asombran, buscando nuevos colores entre las llamas.

Están ahí también los más grandes, estirando las piernas y disfrutando del calor que les provee en medio del frío, y antes de irse a descansar, sus leyendas siempre avivan el terror o recuerdan de tiempos lejanos cuando los escuchas con atención.

También están las parejas, cuyas siluetas se unen para complementar ese calor que la fogata no les brinda. Para pasar el tiempo puedes jugar a la baraja, contar historias, cerrar los ojos, cantar o solamente disfrutar de la escena: del crepitar del fuego, y las figuras irregulares de la lumbre que brilla en medio de la oscuridad.

Y cuando despegas la vista, y volteas hacia arriba ves el mayor espectáculo de todos: la bóveda nocturna, que se ve incluso más imponente cuando la luna no ha salido o ya se ha metido. Puedes disfrutar de cada estrella con nitidez, puedes enseñarle a niños y a adultos las constelaciones, que nunca dejan de mostrar admiración ante las historias prehistóricas de cada figura, y en más de una ocasión, una estrella fugaz deja una cicatriz momentánea entre la oscuridad del universo.

Y volviendo a poner los pies en la tierra, en aquellos lugares donde la luz del fuego no llega, también pasan muchas cosas que causan curiosidad, o miedo, dependiente del momento de la noche: a veces escuchas coyotes aullar, o las olas pegando contra la costa, en ocasiones puedes ver algunos pares de ojos de animales curiosos que no se atreven a acercarse, o el canto de pájaros nocturnos que revolotean entre los árboles.

La fogata no va sola, puede acompañarse de atole, café, pinole o té de canela con rompope, también con galletas, o pan. Pero si no has cenado, puedes echar cualquier comal, y preparar ahí unas quesadillas o calentar cualquier guiso para después envolverlo en tortillas. Eso si estás en la sierra.

En la playa tampoco lleva mala compañía, tanto la cerveza como el tequila se emparejan bien con el fuego y el ambiente que genera. Para terminar de darle gusto a los cinco sentidos, una guitarra suele encajar a la perfección con ese escenario, y ese momento se complementa a la perfección cuando quien la toca también sabe cantar, y si no, ni modo, con la pura melodía es suficiente. 

Las horas en la fogata son tan rápidas según la compañía que llevas, y pueden ser muy lentas cuando el sueño es fuerte. El calor también varía, según qué tanta madera se le vaya echando, y cómo se administre. La actividad a su alrededor es cambiante también, dependiente de la valentía de quienes se alejan de ella para meter los pies a la playa en medio de la noche o de la resistencia al frío de quienes siguen caminando entre los pinos en el bosque.

Sin duda, una lumbre, es lo mejor que uno puede hacer para tranquilizarse y preparar el sueño, para convivir, filosofar, conocer a otros, limpiar la mente, aclarar ideas o simplemente disfrutar: de uno mismo, de los demás, sus historias, el ambiente, la naturaleza y la unión de todo esto, que conforma el especial paraíso de la fogata.

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