¡AVANTI POPOLO! ÉLITES, NEGOCIOS Y LA DISPUTA POR EL FUTURO

No se trata de demonizar al empresariado ni de negar la pluralidad política.
LIC PERMANENTE CORTA

ENTRE LA CRUZ Y LA ESPADA (III):

Si en las dos primeras batallas se definió quién mandaba y bajo qué principios, la tercera —la que hoy se libra— busca algo más profundo: decidir quién forma a quienes van a gobernar mañana.

Porque detrás de la educación no sólo hay pedagogía: hay poder.

Y en México, ese poder se está reconfigurando en una alianza tácita —a veces abierta, a veces vergonzante— entre élites empresariales, estructuras políticas y una visión conservadora del orden social.

El empresariado no es un actor homogéneo, pero una parte significativa ha entendido desde hace tiempo que la educación es la inversión más rentable a largo plazo: no sólo produce capital humano, sino también estabilidad ideológica.

Colegios privados, universidades de prestigio, fundaciones “filantrópicas”: todo forma parte de un ecosistema donde se forman cuadros, se tejen redes y se consolidan visiones del país.

Ahí no hay improvisación. Hay método.

En ese entramado, el Partido Acción Nacional juega un papel histórico.

No sólo como partido, sino como bisagra entre intereses económicos, valores conservadores y proyecto político.

Su narrativa de “libertad educativa” ha servido, en los hechos, para legitimar la expansión de modelos privados que profundizan la desigualdad bajo el argumento de la elección individual.

No es casual: responde a una tradición que concibe al Estado como subsidiario y a la educación como un espacio donde la iniciativa privada quiere tener, y juega un papel preponderante.

Pero el tablero ha cambiado.

Y ahí entra un actor — de centro-derecha— que busca capitalizar el desgaste de los polos tradicionales: Movimiento Ciudadano.

A diferencia del PAN, MC no carga con el peso histórico de la cristiada, ni con una identidad abiertamente confesional.

Su apuesta es otra: una narrativa moderna, urbana, aparentemente progresista, que seduce a sectores jóvenes y clases medias desencantadas.

Sin embargo, en el terreno educativo y en su relación con el empresariado, sus posiciones tienden a converger en lo esencial:

Apertura al sector privado, énfasis en la eficiencia y una visión donde el mercado ocupa un lugar central. — solo espera a que “Somos Mx“ obtenga su registro como partido político para aliarse con ellos y darle el último puntapié al Prian—

Es, si se quiere, una versión de derecha sin culpa o un liberalismo sin complejos, que evita los símbolos religiosos pero que no rompe con las lógicas de poder eclesiástico que los sostiene.

— Por su parte la “Marea Rosa”, mutada en “Somos Mx” y convertida en partido político nacional con registro: verá y encontrará en MC lo que el Pri y el Pan ya no son. —

Hasta ahora entre —PAN y MC— se dibuja un espectro que va de lo abiertamente conservador a lo estratégicamente moderado, pero que coincide en algo fundamental: la disputa por las élites del futuro.

Mientras tanto, el oficialismo — Morena — enfrenta su propia contradicción.

Ha colocado en el centro del discurso la justicia social y el fortalecimiento de la educación pública, pero en la práctica no siempre logra revertir las inercias estructurales ni disputar con eficacia los espacios donde se forman las élites.

Gobernar, hasta hoy, no le ha sido suficiente para una transformación educativa profunda y es tolerante ante la restauración silenciosa de la derecha conservadora.

Y ahí está el riesgo: creer erróneamente, que la legitimidad electoral sustituye a la batalla cultural.

Porque mientras unos administran, otros forman.

Mientras unos legislan, otros educan. Y mientras unos confían en el respaldo popular, otros invierten —con paciencia estratégica— en el largo plazo.

El resultado es una asimetría silenciosa pero decisiva.

No se trata de demonizar al empresariado ni de negar la pluralidad política.

Se trata de entender que, cuando los intereses económicos, las estructuras partidistas y los espacios educativos convergen en una misma dirección, el equilibrio republicano se tensiona.

Y la educación deja de ser terreno neutral y se convierte en campo de disputa.

Y en esa disputa, México se juega mucho más que un modelo pedagógico: se juega la configuración de su clase dirigente, la orientación de sus políticas públicas y, en última instancia, el sentido mismo de su democracia.

Porque quien educa, gobierna… aunque no aparezca en la boleta electoral.

Y si el Estado renuncia —por acción u omisión— a disputar ese espacio, otros lo ocuparán con disciplina, recursos y visión de largo plazo.

Entonces, la pregunta ya no será quién ganó la elección, sino quién formó a quienes la ganaron.

Ese es el verdadero poder. Y esa es la batalla que —otra vez, en silencio— se está perdiendo.

jfa_ot@hotmail.com

LIC PERMA

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