En los últimos años he escuchado hablar con frecuencia sobre las cifras de empleo y desempleo.
Los números suelen presentarse como una referencia para entender la situación económica de una ciudad o de un estado.
Sin embargo, cada vez que escucho esos datos, no puedo evitar compararlos con lo que veo todos los días en las calles de Culiacán.
Y es ahí donde comienzan las preguntas.
Porque mientras las estadísticas suelen transmitir cierta estabilidad, la realidad que observo parece contar una historia distinta.
No hablo de teorías ni de percepciones lejanas.
Hablo de jóvenes recorriendo la ciudad con solicitudes en mano, de adultos que pasan semanas o meses buscando trabajo sin encontrarlo y de profesionistas que, pese a sus conocimientos y preparación, siguen esperando una oportunidad.
Por eso, cuando escucho que los niveles de desempleo se mantienen relativamente bajos, me pregunto si realmente estamos observando el panorama completo.
Las estadísticas son importantes. Nos ayudan a medir fenómenos sociales y económicos que de otra manera serían difíciles de comprender.
Pero también tienen límites.
Los números pueden mostrar tendencias, pero difícilmente pueden reflejar la frustración de quien lleva meses buscando empleo sin éxito o la incertidumbre de quien no sabe si mañana tendrá una oportunidad para llevar ingresos a su hogar.
Basta caminar por la ciudad para encontrar señales de una realidad más compleja.
He visto personas recorrer largas distancias bajo el intenso calor de Culiacán entregando solicitudes de trabajo.
He escuchado historias de ciudadanos que visitan negocio tras negocio esperando una vacante que nunca llega.
También he conocido casos de personas que terminan aceptando empleos por debajo de su preparación porque simplemente no pueden darse el lujo de seguir esperando.
La escena se ha vuelto tan común que, poco a poco, corremos el riesgo de normalizarla.
Y quizá ese sea uno de los problemas más graves: acostumbrarnos a situaciones que nunca debieron convertirse en algo cotidiano.
Pero hay una imagen que resume con crudeza una parte de esta realidad.
He visto personas buscar entre la basura algo que comer o algo que beber.
Es una escena difícil de ignorar y aún más difícil de olvidar.
Quien ha visto algo así difícilmente puede regresar a casa convencido de que los números están contando toda la historia.
Desde 2019, diversos factores han contribuido a este escenario.
La inseguridad ha afectado la actividad económica, ha generado incertidumbre y ha debilitado las condiciones necesarias para atraer nuevas inversiones.
Cuando un empresario duda en invertir, cuando un negocio reduce operaciones o cuando un proyecto deja de concretarse, las oportunidades laborales también disminuyen.
A ello se suma la falta de nuevas inversiones capaces de generar los empleos que demanda una población en constante crecimiento.
El resultado es visible:
Cada vez más personas compiten por un número limitado de vacantes. No hace falta revisar informes para encontrar señales de esta situación.
Basta recordar los negocios que han cerrado sus puertas, los locales que permanecen vacíos durante meses o las historias de ciudadanos que, pese a sus esfuerzos, continúan sin encontrar una oportunidad laboral estable.
Por supuesto, las cifras oficiales pueden mostrar niveles de desempleo relativamente bajos.
Pero también es válido preguntarse cuántas personas sobreviven en la informalidad, cuántas han dejado de buscar porque perdieron la esperanza o cuántas trabajan en condiciones que difícilmente pueden considerarse dignas.
Porque el verdadero estado de una economía no debería medirse únicamente por la cantidad de personas que tienen algún tipo de ocupación.
También debería medirse por la calidad de esas oportunidades, por la estabilidad…











