En medio de la violencia y la incertidumbre que atraviesa Sinaloa, algunas voces han comenzado a convertir la exigencia ciudadana en un recurso de posicionamiento.
La línea entre participación y oportunismo, cada vez más difusa, merece una revisión crítica.
Cuando la tragedia se utiliza como vitrina y la indignación como estrategia, el riesgo no es solo la superficialidad del discurso, sino la degradación del debate público en uno de los momentos más delicados para la entidad.
En Sinaloa, la crisis dejó de ser únicamente un contexto: para algunos, se ha convertido en un recurso.
Violencia, incertidumbre y un desgaste sostenido en la confianza institucional marcan el momento que vive el estado.
Bajo ese escenario, la exigencia de seguridad y paz no solo es legítima, es necesaria.
Lo cuestionable es la forma en que esa exigencia empieza a utilizarse.
En los últimos días, han surgido voces que, bajo la etiqueta de “ciudadanía”, buscan posicionarse en la conversación pública. No hay problema en participar.
El problema aparece cuando la causa se convierte en vitrina y la indignación en estrategia.
No es difícil notarlo. El tono, el momento y la forma terminan revelando más interés en la exposición que en el fondo del asunto.
Un caso reciente lo ejemplifica. La convocatoria a una “carnita asada”, impulsada por Miguel Taniyama, con el argumento de “celebrar” la salida del poder de Rubén Rocha Moya.
Más allá de posturas políticas, la pregunta es inevitable: ¿Qué exactamente se está celebrando?
Cuando una crisis institucional se transforma en motivo de convivencia pública, lo que se pierde no es solo la forma, sino el sentido. La crítica política es válida; la banalización de un contexto complejo, no.
Mientras tanto, el estado enfrenta problemas que siguen ahí, intactos.
En medio de ese escenario, la llegada de Yeraldine Bonilla como gobernadora interina abre una etapa que exige algo más que reacciones inmediatas: exige claridad, responsabilidad y una lectura seria del momento político.
Su margen de acción estará inevitablemente marcado por la relación que logre —o no— con la línea de la administración anterior.
Ese es el punto de fondo. Lo demás, en buena medida, es ruido.
Y en ese ruido también se cuelan expresiones que no deberían pasar desapercibidas.
Llamarla “meserita de fonda”, incluso cuando se intenta disfrazar de orgullo, no es una ocurrencia menor: es una forma de descalificación que revela el nivel de la conversación pública y los prejuicios que la atraviesan.
Conviene detenerse ahí.
Porque esto no es un señalamiento personal, sino una crítica a una práctica que se repite: utilizar el dolor colectivo, la incertidumbre y la crisis como plataforma de visibilidad.
Exigir seguridad no debería convertirse en estrategia.
Hablar de paz no debería reducirse a contenido.
Cuando la crisis se usa para ganar presencia, el riesgo no es solo la superficialidad, sino la distorsión del debate público.
En un momento que exige seriedad, el oportunismo no solo estorba: debilita.
Y esa es una línea que convendría no seguir cruzando.
Porque no todo el que se suma a la conversación lo hace para aportar.
No la quieren resolver.
Les está resultando útil.











