HOY EL MIERCOLES DE CENIZA
“PECADORES PÚBLICOS PENITENCIAS PÚBLICAS”
Todos los años en vísperas del Miércoles de Ceniza como hoy, me sorprende una íntima incomodidad:
Es la sensación de estar traicionando algo anterior a mis lecturas, más viejo que mi escepticismo y más terco que mis gastados y viejos argumentos.
“Porqué si el mundo parece sostenerse por sí mismo; si el ser humano ha desarrollado razón, técnica y dominio sobre la materia; si hemos alterado nuestro entorno y miramos el cielo con pretensiones de conquista; si incluso creemos que la inteligencia humana basta para resolver los asuntos del universo…resulta desconcertante —aunque no del todo inexplicable— que sigamos inclinando la frente para recibir ceniza…y, sin embargo, lo hacemos.”
Esta noche, el brandy necesitaba una flameada para liberar su sabor, evocar el aroma y el sabor del mezcal de aquellas largas veladas frente al fuego, bajo la luna de mi natal Carrizalejo:
Un caserío prendido a media Sierra Madre Occidental, que debe su nombre a los abundantes carrizales que crecen a las orillas del arroyo que lo parte en dos, caprichoso y desigual; pero inolvidable…
En aquel paisaje primero, donde la noche parecía más antigua que cualquier doctrina y el silencio tenía densidad de misterio, la fe no era un dogma sino una forma de habitar el mundo.
Se persignaban las abuelas al caer la tarde, rezaban por las lluvias y pedía clemencia a fuerzas que nadie discutía, porque las necesidades eran tan ciertas como el frío de la madrugada.
Allí nacieron conmigo, el asombro y la ilusión, escuchando a la intemperie aquel gran decidor de mentiras que fue mi Tata Sabas:
El más grande incrédulo come curas, que mientras aspiraba con deleite el humo del impresionante macuche de chutama, entre sorbitos de mezcal, me fue enseñando a dudar., a fuerza de escuchar y a güevo creer, fui despertando al afán de decir y decir, para vivir diciendo…
A los que sientan la necesidad de ser perdonados:
Ceniza antes que doctrina
Mucho antes del cristianismo, los pueblos semitas cubrían su cabeza con ceniza como señal de duelo, arrepentimiento y humildad ante lo sagrado. No era teología: era antropología.
En el Libro de Jonás, toda una ciudad se cubre de ceniza para evitar su destrucción.
En el Libro de Daniel, la ceniza acompaña el ayuno y la oración penitencial.
En el Libro de Job, sentarse en ceniza expresa duelo y la aceptación de la pequeñez humana.
La ceniza no era símbolo litúrgico: era el lenguaje corporal del dolor, la culpa y la impotencia.
El cilicio —tejido áspero hecho con pelo de cabra o camello— añadía incomodidad física a la penitencia espiritual. No buscaba castigar el cuerpo sino domesticar el orgullo, una tarea que sigue siendo más compleja que la ingeniería aeroespacial.
En los primeros siglos del cristianismo, los pecadores notorios no resolvían su culpa en privado ni mediante discretos trámites espirituales.
Se presentaban ante la comunidad: vestidos con ropas austeras, cubiertos de ceniza, excluidos temporalmente del grupo, sometidos a penitencia antes de la reconciliación pascual.
El rito no sólo trataba del perdón divino: trataba de la reintegración social.
Si la culpa era visible; la reconciliación también.
Con el tiempo, la práctica dejó de ser exclusiva para escándalos mayores. La ceniza se democratizó: todos somos, en potencia, culpables.
Una idea incómoda, pero extraordinariamente eficaz para sostener comunidades.
La institucionalización del arrepentimiento.
Hacia el siglo IV, la ceniza comenzó a incorporarse a la liturgia cuaresmal.
En 1091, el papa Urbano II formalizó su uso al inicio de la Cuaresma.
La ceniza procede de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos anterior:
El símbolo del triunfo se convierte en residuo; la victoria litúrgica termina en polvo.
Una metáfora difícil de mejorar. Lo que se dice al imponer la ceniza.
“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás.”
— Un recordatorio que ninguna tecnología ha logrado refutar.
“Arrepiéntete y cree en el Evangelio.”
— Una invitación a cambiar, algo que tampoco hemos perfeccionado como especie.
La cruz trazada en la frente resume el mensaje: muerte y esperanza en el mismo gesto.
Minimalismo simbólico de notable eficacia.
Dialéctica de la ceniza
Hipótesis: la finitud humana.
La vida es frágil y transitoria. El cuerpo perece. La conciencia lo sabe.
Tesis: la necesidad de conversión.
Frente a esa fragilidad, la tradición propone arrepentimiento, humildad y transformación interior.
Antítesis: el orgullo moderno
La ceniza confronta la autosuficiencia contemporánea:
Creemos dominar la naturaleza, pero no dominamos la ansiedad, la culpa ni el miedo a morir.
Síntesis: reconciliación simbólica
La ceniza no niega la muerte; la integra en un relato de esperanza.
El polvo recuerda el final; la cruz sugiere que no lo es.
La ceniza es un rito practicado por una especie contradictoria
El ser humano moderno presume autonomía racional, pero continúa necesitando:
Símbolos para enfrentar la finitud, rituales para procesar la culpa, comunidad para restaurar vínculos, y de esperanza frente a lo inevitable.
La ceniza sobrevive no porque ignoremos la ciencia, sino porque la ciencia no absuelve pecados ni consuela pérdidas.
El Miércoles de Ceniza todavía es, al mismo tiempo:
Una reliquia del pasado, una pedagogía del límite, un recordatorio de humildad, y un gesto colectivo de reconciliación.
El ser humano se cree dueño del planeta, es constructor de inteligencia artificial y explorador del cosmos…
Pero, sigue necesitando que alguien le recuerde que es polvo.
Y acaso esa sea la verdad más democrática que conocemos…











