Vida Pública: inteligencia al servicio de la sociedad

Carácter y claridad mental para defender las convicciones.
CARNAVAL 2

EDITORIAL  

La práctica comunicacional: entre la utopía y la urgencia.

En tiempos donde la velocidad suplanta a la reflexión y el escándalo desplaza al argumento, hablar de práctica comunicacional en México parece un acto de resistencia.

No porque falten voces, sino porque sobran ecos. No porque falte información, sino porque escasea la honestidad.

La honestidad debería ser la primera línea conductual del periodismo.

No la pleitesía y el servilismo soterrados  <<escila y Caribdis>> acechantes, no el sesgo y el autoritarismo emparentados tras la pose moral; dúctiles recursos del marketing reputacional: sino el compromiso cotidiano con el lector.

Sin embargo, la práctica mediática nacional ha normalizado la cercanía impúdica con el poder, y la subordinación editorial a la pauta conveniente y, la sustitución del criterio por la consigna, eso lo que venimos observando.

La verdad, entendida como paradigma, no es una mercancía.

Es una búsqueda permanente, imperfecta, pero innegociable. Cuando el periodista renuncia a esa búsqueda y opta por la comodidad de la narrativa conveniente: está abdicando de su función pública.

La objetividad —esa palabra tantas veces invocada y tan pocas veces comprendida— quizá sea una utopía fuera del alcance del periodismo costumbrista.

Todo comunicador lleva el marcaje de su hábitat, lo persiguen su historia personal, y lo acompañan sus aspiraciones y sus inclinaciones.

Sin embargo, reconocer la imposibilidad de la pureza absoluta, no significa renunciar al esfuerzo por equilibrar, por contrastar y contextualizar.

La objetividad no es neutralidad; es rigor.

El derecho a disentir es el oxígeno de cualquier comunidad democrática.

Sin disenso, sólo queda el “asinus asinum fricat” como táctica, en medio de la conveniencia que se extiende cómo una hipnosis colectiva.

Solo queda el monologo como deriva de la propaganda institucionalizada.

Reconocer al ser diferente no es hacerle ningún favor; es un gesto de amplitud y tolerancia; es aceptar que la pluralidad no debilita el debate: lo fortalece.

El debate es el crisol del pensamiento.

En él se funden los argumentos, se depuran las ideas, y se confrontan las visiones.

Pero para que el crisol funcione se requiere honestidad intelectual; virtud cívica y tenacidad como principio ético.

Carácter y claridad mental para defender las convicciones. Y respeto, doble dosis de cordura y tanta tolerancia como sea menester.

Y, llegado el momento, cuando el juicio práctico lo aconseje como mecanismo de salvación; el pragmatismo puede ser el último recurso de negociación:

El punto donde la pureza ideal cede ante la necesidad de atemperar.

Pero el pragmatismo no debe convertirse en coartada permanente.

Cuando todo se negocia; la verdad queda sujeta al Consecuencialismo, al Empirismo Radical y a la parcialidad del Revisionismo.

Este conjunto de principios —honestidad, verdad, rigor, disenso, reconocimiento, debate, tolerancia, tenacidad y pragmatismo responsable— parece tallado en la madera de la utopía, fuera del alcance del periodismo mexicano contemporáneo.

Pero precisamente por eso resulta indispensable reivindicarlo.

Vida Pública asume ese compromiso: difundir ideas con profundidad, elevar la discusión y recordar que la palabra no es un arma de manipulación, sino una herramienta de construcción democrática.

Si la utopía marca el horizonte, no es para contemplarla desde la comodidad del discurso, sino para avanzar hacia ella con disciplina ética.

La ética no es un adorno retórico: representa la última línea de defensa entre la ciudadanía y la distorsión interesada de la realidad.

Cuando esa línea se rompe, lo que queda no es comunicación sino propaganda; no es debate sino simulación.

El poder habla sin contrapesos y la sociedad escucha sin defensa.

Entre la utopía y la urgencia no existe elección posible. Solo existe el deber.

CARNAVAL MZT

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