Sinaloa: la batalla que se libra arriba y abajo de la mesa
La superficie muestra partidos, declaraciones, conferencias, marchas, denuncias, posicionamientos y encuestas.
Debajo circulan intereses, expectativas, cálculos y temores.
La oposición empeñada, urgida de demostrar que el gobierno fracasó.
El gobierno interino debe demostrar que puede con el paquete.
Los sectores productivos necesitan que sus problemas sean escuchados, atendidos y resueltos.
Los colectivos necesitan, exigen que la violencia deje de ser una estadística y vuelva a existir una vida cotidiana razonablemente segura.
La Iglesia Católica, en cuanto institución religiosa con capacidad de convocatoria, quiere, puede y le conviene colocar la demanda de paz en un escaparate público de enorme visibilidad.
Y una parte de la sociedad, la de mayores recursos económicos, educativos, informativos y mediáticos posee una capacidad de presión política, pero que no necesariamente se traduce en peso electoral.
Aquí aparece una distinción que conviene no perder de vista:
Poder narrativo no es lo mismo que poder electoral.
Hay quienes tienen los micrófonos.
Hay quienes tienen las organizaciones.
Hay quienes tienen los recursos económicos.
Hay quienes tienen el acceso a los medios de comunicación.
Hay quienes pueden marchar y manifestarse con permiso del patrón.
Hay quienes pueden publicar en todas las redes sociales.
Hay quienes pueden presionar al gobierno.
Pero hay quienes, sencillamente, tienen el poder del voto mayoritario.
Y no siempre son los mismos.
Ésa puede ser una de las claves para entender el Sinaloa que hoy vivimos.
Los sectores mejor organizados pueden dominar la conversación pública durante semanas.
Pueden establecer los temas sobre los cuales debe responder el gobierno.
Pueden convertir una deficiencia administrativa en una discusión política.
Pueden hacer visible una demanda que, sin organización, quizá permanecería dispersa.
Pero la capacidad de fijar la agenda no garantiza la capacidad de ganar una elección.
La paradoja es formidable.
Una minoría organizada puede dominar el relato.
Pero una mayoría desorganizada puede decidir el resultado.
Y es justamente ahí donde aparece el territorio menos iluminado de esta historia: el submundo electoral.
No lo llamamos submundo por lo pobre ni por lo marginado.
Lo llamamos así porque los de abajo no suelen aparecer bajo los reflectores de la parafernalia del relumbrón político.
Es el submundo del trabajador que no escribe ni lee columnas políticas.
Del pequeño comerciante que no organiza ni asiste a conferencias.
Del pequeño productor que no dispone de grandes espacios mediáticos.
De la familia que reacomoda y estira el presupuesto doméstico.
Del joven que mide la política por la posibilidad de estudiar, trabajar y regresar seguro a casa.
El ciudadano que no marcha, pero que si escucha.
El que no publica en el fasebook, pero que si conversa en el transporte colectivo.
El que no participa en las encuestas, pero si participa en el rumor popular.
Y, sobre todo, es el que llegará en el 6 de junio del 2027 a la casilla electoral, con los bolsillos vacíos, con la mirada brillante y el agravio en la memoria; y ese, es el día esperado.
Sí, ése submundo de carencias sociales, donde viven los de abajo, es el interregno donde subyace el codiciado voto popular.
Por eso el llamado “pobrerío” — aceptando provisionalmente la palabra como categoría política y no como insulto social— merece una mirada y una valoración distinta y oportuna, anticipada.
No es necesariamente el sector que más ruido hace.
Es, con frecuencia, el que menos capacidad tiene para hacerlo.
Pero trabaja, compra, vende, produce, transporta, estudia, paga, sobrevive y observa.
guarda memoria y vota.
Mientras arriba se discute quién tiene la razón, abajo ya se está incubando la pregunta que lo define todo:
¿Quién me hizo vivir mejor?
O su contraparte:
¿Quién me hizo vivir peor?
La respuesta puede no coincidir con el editorial dominical del Noroeste o El Debate, o con la marcha de los “colectivos ciudadanos” del domingo 13 de septiembre, encabezada por el señor Obispo J.J. Herrera Quiñonez, puede ni siquiera coincidir con la tendencia de las redes sociales.
Pero ahí está el peligro de confundir la opinión publicada… con la opinión pública.
La primera hace mucho ruido.
Pero la segunda ya aprendió a elegir gobierno.











