AVANTI POPOLO. La Quinta Encuesta de Morena

Ninguna estrategia es casual.
SATES 3

“No siempre gana quien aparece primero en la fotografía. En política, con frecuencia triunfa quien mejor comprende el laboratorio donde se revela la fotografía.”

En la discusión pública sobre la sucesión en Sinaloa parecen existir cuatro encuestas:

Las que publican las casas demoscópicas, las que levantan los partidos, las que circulan entre los equipos de campaña y las que cada actor presume como prueba de su fortaleza.

Sin embargo, detrás de todas ellas opera una quinta medición que nunca se divulga, no aparece en los periódicos ni se presenta en conferencias de prensa.

Es la encuesta que realmente decide quién reúne las condiciones para gobernar, preservar la unidad del movimiento y fortalecer el proyecto nacional de la Cuarta Transformación.

De esa encuesta silenciosa —la única que no se imprime, pero que suele inclinar la balanza del poder— trata esta reflexión

La política suele engañar a quien sólo observa la superficie.

El ciudadano común mira fotografías, declaraciones, recorridos, conferencias de prensa y encuestas; el analista, en cambio, procura descubrir la arquitectura invisible que sostiene esos acontecimientos.

En esa diferencia entre mirar y comprender se juega la verdadera interpretación del proceso interno que Morena desarrolla en Sinaloa rumbo a la elección de 2027.

Durante las últimas semanas la conversación pública ha girado alrededor de los nombres de quienes aspiran a encabezar la Coordinación Estatal de Defensa de la Transformación.

Columnistas, analistas y operadores políticos contabilizan asambleas, kilómetros recorridos, entrevistas concedidas, tendencias en redes sociales y posiciones en las encuestas.

Todo ello aporta información útil, pero insuficiente.

El verdadero proceso ocurre en otra dimensión.

Mientras la opinión pública sigue discutiendo quién encabeza las preferencias, Morena parece haber desplazado el centro de gravedad de la competencia hacia un terreno mucho más complejo: la gobernabilidad política.

Las recientes declaraciones de la dirigencia nacional, particularmente las de Ariadna Montiel, constituyen una pieza clave para entender el cambio de paradigma.

El mensaje es inequívoco: las encuestas seguirán siendo importantes, pero dejarán de ser el único criterio de evaluación.

El trabajo territorial, la documentación permanente de las actividades, la disciplina partidista, la capacidad organizativa y el comportamiento político comenzarán a pesar tanto como la popularidad.

No es un cambio menor.

Representa el tránsito de una competencia basada en la percepción pública hacia una evaluación integral del desempeño político.

En otras palabras, Morena parece haber sustituido la lógica de la mercadotecnia electoral por la lógica de la administración del poder.

Bajo esa nueva óptica, cada aspirante ha construido un relato político distinto.

Hay quienes apuestan por el relevo generacional; otros privilegian la experiencia acumulada durante décadas; algunos buscan demostrar capacidad de interlocución nacional; otros concentran todos sus esfuerzos en el contacto cotidiano con la militancia.

Ninguna estrategia es casual.

Todas responden a la comprensión de que ya no basta con aparecer bien posicionado en una medición demoscópica.

La organización territorial ha vuelto a convertirse en moneda de cambio.

Pero existe otro elemento todavía más revelador.

La aparente demora en la definición de las coordinaciones estatales ha sido interpretada por muchos como un síntoma de incertidumbre. Tal vez sea exactamente lo contrario.

La postergación de las decisiones parece obedecer a una decisión deliberada para desacoplar los tiempos partidistas de los tiempos gubernamentales.

Separar el proceso interno de Morena del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum reduce el riesgo de que las inevitables tensiones internas opaquen la narrativa institucional del gobierno federal.

La política, después de todo, también consiste en administrar los calendarios.

Al mismo tiempo, el endurecimiento de los filtros internos responde a otra realidad que difícilmente puede ignorarse.

Los recientes cuestionamientos públicos hacia diversos actores políticos han obligado a Morena a incorporar criterios adicionales relacionados con integridad, trayectoria, solvencia política y capacidad de resistir el escrutinio público.

Ya no basta con ser competitivo.

También hay que ser políticamente sostenible.

Este cambio modifica por completo la naturaleza de la contienda.

La encuesta dejó de ser un veredicto para convertirse apenas en uno de varios instrumentos de evaluación.

Y aquí aparece el aspecto que, quizá, menos se ha discutido.

Sinaloa ya no puede analizarse como un proceso aislado.

Su sucesión forma parte de una arquitectura política de alcance nacional, donde cada decisión estatal modifica el equilibrio del conjunto.

Diecisiete entidades federativas renovarán gubernatura en 2027.

Las decisiones que Morena adopte en cada una de ellas forman parte de una sola ecuación nacional.

Equilibrios regionales, paridad, perfiles competitivos, cohesión interna, narrativa presidencial y administración del riesgo político integran un mismo tablero donde ninguna pieza se mueve de manera independiente.

Por ello, la pregunta correcta no es quién encabeza hoy una encuesta local.

La pregunta verdaderamente importante consiste en identificar qué perfil fortalece mejor el proyecto nacional de la Cuarta Transformación en el conjunto del país.

Desde esa perspectiva, la disputa deja de ser una competencia entre aspirantes y se convierte en un examen de viabilidad política.

Tal vez por eso la mayoría de los columnistas siguen describiendo recorridos, fotografías, simpatías y rumores, mientras el verdadero proceso ocurre discretamente en otro nivel de decisión.

Existe pues, una encuesta que nadie hace pública.

No aparece en los medios.

No se levanta mediante llamadas telefónicas.

No la realiza ninguna empresa demoscópica.

Es la encuesta silenciosa del poder.

Aquella donde se ponderan la capacidad de gobernar, la disciplina institucional, la fortaleza territorial, la integridad política, la cohesión interna y la posibilidad de preservar la estabilidad del movimiento después de la designación.

Las otras encuestas miden preferencias.

Ésta mide gobernabilidad.

Y cuando ambas coinciden, la decisión suele parecer sencilla.

Cuando divergen, la historia política de México demuestra que casi siempre termina imponiéndose la segunda.

Quizá por eso, mientras todos discuten quién ganará la encuesta visible, Morena  parece estar concentrado en resolver una pregunta mucho más profunda:

¿Quién puede conducir Sinaloa sin poner en riesgo el proyecto nacional de la Cuarta Transformación?

Ésa, la ingeniería del poder y no otra, es La Quinta Encuesta.

La que nunca se publica.

La que jamás aparece en las primeras planas.

Y, sin embargo, es la que con mayor frecuencia termina decidiendo el rumbo de la historia política.

Porque si bien las encuestas miden la voluntad ciudadana y sugieren quien genera mayor respaldo; La Quinta Encuesta mide la viabilidad del poder y determina quién está en condiciones de gobernar.

jfa_ot@hotmail.com

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