Avanti Popolo. La Quinta Columna: la guerra desde adentro

Su fuerza no radica en el número, sino en el sigilo.
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La historia militar enseña que no todas las batallas se libran desde las trincheras.

Algunas comienzan mucho antes de que aparezcan los ejércitos y se deciden desde el interior del territorio que habrá de ser disputado.

A ese cuerpo clandestino de colaboradores, infiltrados o simpatizantes, que, ocultos entre la población o las propias instituciones, facilita la labor de una fuerza invasora, de ocupación o de un adversario estratégico, la ciencia política terminó llamándolo La Quinta Columna.

Su misión no consiste en conquistar posiciones por la fuerza, sino en debilitar las defensas morales, políticas e institucionales desde dentro, preparando el terreno para que otros obtengan la victoria desde fuera.

Esa figura, nacida en el lenguaje de la guerra, terminó convirtiéndose en una de las metáforas más poderosas para comprender los conflictos políticos contemporáneos.

“La crisis consiste precisamente en que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer; en ese interregno aparecen los fenómenos morbosos más variados.”
—Antonio Gramsci.

“Los enemigos comienzan donde la nariz se acaba.”
—Antonio Plaza

Al adversario frontal se le reconoce por sus palabras, sus votos, sus declaraciones y sus actos.

Se le puede debatir, confrontar e incluso derrotar en el terreno de las ideas o de la competencia política, porque su posición está a la vista y sus intereses se expresan sin necesidad de disfraces.

La Quinta Columna pertenece a otra dimensión.

No suele anunciarse ni reclamar sus victorias. Habita las zonas grises de la política y de las instituciones; prospera allí donde confluyen intereses económicos, ambiciones personales y agendas que trascienden las fronteras nacionales.

Su fuerza no radica en el número, sino en el sigilo.

Opera desde la penumbra, procurando que sus acciones parezcan errores administrativos, filtraciones fortuitas, campañas aparentemente espontáneas o desacuerdos naturales que, acumulados, terminan erosionando la confianza pública y debilitando la capacidad de decisión del Estado.

Mientras la oposición visible avanza con sus banderas desplegadas y asume el costo político de confrontar de frente, la Quinta Columna —si existe— actúa como una aliada silenciosa. Su eficacia consiste precisamente en no dejar firma, en diluir sus huellas y en confundir sus objetivos con la rutina cotidiana de la vida pública.

Ahí reside la paradoja. Resulta relativamente sencillo advertir patrones que despiertan sospechas; sin embargo, demostrar jurídicamente una coordinación clandestina exige algo más que intuiciones:

Requiere pruebas sólidas, verificables y suficientes. Sin ellas, toda imputación corre el riesgo de degradarse en especulación o, peor aún, de convertirse en un instrumento para descalificar la crítica legítima y abrir paso a una indeseable cacería de brujas.

Ese vacío probatorio constituye, al mismo tiempo, el terreno más fértil para la propaganda.

Cuando nadie reivindica una operación de desestabilización, una campaña sistemática de desprestigio o una estrategia de desinformación, cualquier relato puede ocupar el lugar de la verdad.

Entonces la sospecha sustituye a la evidencia, el rumor adquiere apariencia de información y la percepción termina imponiéndose sobre los hechos.

Es precisamente en ese terreno donde surge el mayor riesgo para cualquier movimiento político, incluida la Cuarta Transformación: el fuego interno.

La desconfianza deja de dirigirse exclusivamente hacia el adversario externo y comienza a consumir a la propia organización.

Cada discrepancia puede interpretarse como infiltración; cada crítica, como sabotaje; cada diferencia de criterio, como traición.

Sin advertirlo, el movimiento deja de enfrentar al adversario de enfrente para comenzar a combatir su propia sombra.

Porque la Quinta Columna rara vez lleva uniforme.

Suele hablar el lenguaje de la lealtad, compartir la mesa del poder y presentarse como parte del mismo proyecto que, silenciosamente, contribuye a debilitar.

Por ello, la inteligencia política enfrenta una responsabilidad delicada: desarrollar la capacidad para detectar infiltraciones reales sin convertir toda diferencia de opinión en un acto de deslealtad.

Cuando esa frontera desaparece, el remedio puede resultar más peligroso que la enfermedad.

La fortaleza de una república no consiste en desconfiar de todos, sino en distinguir, con pruebas y no con sospechas, entre el adversario legítimo y el auténtico saboteador clandestino.

Ese equilibrio constituye una de las pruebas más difíciles de toda democracia y de todo movimiento político que aspire a construir una hegemonía duradera.

Todo proyecto transformador que conquista el poder mediante el respaldo popular enfrenta una tensión permanente. Necesita inteligencia estratégica para anticipar operaciones reales de infiltración y sabotaje; pero, al mismo tiempo, debe preservar un principio irrenunciable del Estado de derecho: la carga de la prueba.

De otro modo, la búsqueda de una Quinta Columna termina fabricando enemigos imaginarios y produciendo exactamente el resultado que una infiltración auténtica perseguiría desde el principio: dividir desde dentro aquello que desde fuera no pudo ser derrotado.         

Toda hegemonía comienza por conquistar el gobierno, pero sólo perdura cuando logra gobernar las conciencias.

Allí donde la persuasión se debilita, la infiltración encuentra terreno fértil; y allí donde toda discrepancia se confunde con traición, la hegemonía comienza a resquebrajarse desde su propio interior.

En política, las fortalezas no suelen caer por el empuje de sus murallas exteriores, sino por las grietas que sus propios habitantes dejan abiertas.

Ésa fue la lección de Gramsci; ése sigue siendo el desafío de nuestro tiempo.

Jfa_ot@hotmail.com

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