La doctrina gringa que les sirvió como manual de la coartada para invadirnos y robarnos más de la mitad del territorio que hoy, es la parte más rica de su país.
Hicieron grande a su nación robándose la nuestra.
Hay doctrinas que no explican la historia: solo la justifican.
El llamado Destino Manifiesto: la narrativa de la falsa profecía estadounidense, no fue ningún designio divino; fue un permiso que ellos mismos se dieron para expandir sus fronteras.
El salvoconducto para convertir la ambición en destino y la invasión en narrativa.
Desde ahí empieza todo.
En 1846, mientras México aún discutía sus heridas internas, James K. Polk decidió que la frontera no era un límite sino una provocación pendiente.
Mandó tropas donde sabía que habría respuesta y, cuando la hubo, la bautizó como agresión. La guerra ya estaba escrita antes del primer disparo.
El resultado también: medio país amputado bajo la firma elegante del Tratado de Guadalupe Hidalgo.
Desde entonces, la fórmula no ha cambiado, solo se ha refinado.
Ahora les ha dado por inventarse derechos extraterritoriales para perseguir terroristas imaginarios con cargos calumniosos y falsos para usarlos como pretexto.
Su nueva infamia ha sido inventar cargos en contra de Rubén Rocha Moya gobernador de Sinaloa, basados en dichos y aprovechando la narrativa de la oposición política conservadora y colaboracionista.
Su reclamo es endeble y sin pruebas, porque sin duda se trata de una nueva provocación con el propósito de obtener respuesta y cuando la obtengan; les servirá de pretexto para cumplir sus reiteradas amenazas de intromisión como antes lo han hecho.
“La calumnia, cuando no mancha, tizna”.
Y la narrativa gringa es la mentira mal disfrazada de verdad.
En 1914, la bandera estadounidense volvió a ondear en Veracruz. No como símbolo, sino como advertencia. El pretexto: un incidente menor en Tampico.
El objetivo: controlar el pulso de una revolución ajena.
Y en 1916, bajo la orden de Woodrow Wilson, la llamada “expedición punitiva” cruzó la frontera persiguiendo a Francisco Villa, como si la soberanía fuera una cortesía opcional.
Pero la intervención más fina —la más peligrosa— no entra con tropas, sino con trajes diplomáticos. Hoy tenemos como embajador a Ron Johnson, un boina verde experto en desestabilizar gobiernos progresistas.
Y allá por los años del Salinismo:
Nos mandaron de embajador a John Dimitri Negroponte otro pájaro de cuenta, ambos con un negro y largo historial de injerensismo, espionaje represión de movimientos sociales.
En 1913, Henry Lane Wilson convirtió una embajada en sala de conspiración. Ahí se firmó la traición que terminó con Francisco I. Madero.
No hubo invasión formal; hubo algo más eficaz: la administración de la caída.
Décadas después, la intervención ya no necesitó ni balas ni firmas visibles.
Se llamó LITEMPO 1, LITEMPO 2 Y LITEMPO 8, y consistió en red de espionaje creada por el tenebroso Winston Scott usando a los propios presidentes de México como agentes de la CIA, de acuerdo con documentos desclasificados de su propio gobierno.
Una operación silenciosa donde la inteligencia extranjera no solo observaba: participaba.
La soberanía dejó de violarse con ruido; empezó a negociarse en voz baja.
Ese es el verdadero legado del “Destino Manifiesto”: la normalización de la injerencia.
Hoy, bajo la segunda presidencia de Donald Trump, el libreto vuelve a escena con menos pudor y más espectáculo.
Operaciones extraterritoriales, capturas con narrativa judicial global, enemigos fabricados a conveniencia mediática.
La política exterior como reality show y la geopolítica como instrumento electoral para salvarse del —impeachment— juicio político o proceso de destitución.
Todo esto nos vuelve de golpe y porrazo a la realidad—otra vez— porque las razones del poder son razones suficientes.
Continuará…











