Los sofistas están otra vez de moda en un mundo donde la realidad es manipulada a placer por personajes que la promueven como maleable y transformable según la profundidad de pensamiento propio (¿le suena la “meritocracia”?) con el individuo como el centro de toda verdad y moralidad.
Es sorprendente que lo que Guy Debord propuso en 1968 con la Sociedad del Espectáculo esté tan vigente en 2026: primacía de las imágenes sobre la vida misma, colonización de la mercancía sobre la vida social, la apariencia sobre el conocimiento, el consumo pasivo de imágenes como mecanismo de control y la proliferación de identidades falsas.
La preferencia por la subjetividad sobre la objetividad, el culto a la personalidad, el culto a la optimización del yo como máquina productiva, la perspectiva de la realidad interior sobre la material, el establecimiento de gurús del desarrollo personal sobre el personal profesional de la salud, las noticias falsas, la versión posmoderna del yo, el culto a la libertad individual sobre los valores colectivo, etcétera.
Por otro lado, el auge del antiintelectualismo como doctrina o por lo menos como visión de vida, anclado en la experiencia personal como valor universal que se abre paso como el nuevo sentido común ciudadano sobre la opinión experta o académica, que asegura que la única verdad proviene de las ciencias exactas y que lo demás son puros cuentos “progresistas” que tergiversan el curso normal de las cosas.
Tal vez si se juntan las ideas de Debord, Asimov y Hofstadter se podría llegar a la conclusión de que lo que sucede en la sociedad contemporánea es producto de la conjunción de elementos como el desprecio a la ciencia, el instrumentalismo no reflexivo (la educación como instrumento para que uno se inserte en el mercado laboral, no como herramienta para difundir el pensamiento crítico) y la erosión del diálogo que se produce cuando se abre la grieta entre los unos y los otros.
Contrario a lo que podría parecer, esta no es una defensa de la ciencia, porque es bien conocido que una de sus características es que se puede corregir, dejar atrás ideas pasadas y reformarse indefinidamente por el “bien” del conocimiento.
También es importante remarcar que la ciencia no debe desentenderse de la sensibilidad social que se aprende cuando se estudian las ciencias sociales, las artes o las humanidades, pero de esto a sostener una posición abiertamente ortodoxa es un camino muy largo.
Asimismo, no es lo mismo abogar por la pluralidad, la diversidad y el diálogo que la descalificación constante que bien puede venir de cualquier lado del espectro político, ese no es el punto.
El punto es que gracias al alcance actual de las redes sociales las audiencias están girando su atención no hacia la autoridad académica calificada y probada, sino hacia aquellas figuras mediáticas que utilizan la persuasión para vender discursos e ideas provenientes del pensamiento mágico (¿“ha escuchado hablar de “el salto cuántico”? o de los 7 “hábitos de la gente altamente efectiva”?)
El problema es que si tú entras a una librería, estas ideas están en las zonas más visibles del espacio. Tampoco significa que hay que prohibir la literatura de autoayuda, valga la precisión, pero tampoco se vale que personas que no estén calificadas para dar consejos sobre desarrollo personal, carentes de toda credencial para hacerlo, estén por la vida como intocables, solamente porque “la lógica de las audiencias” les dio la razón. O el mercado.
Por último, resulta curioso ver la transformación de la industria del ejercicio y el deporte.
Cuando yo iba a jugar basket de chico, lo único que hacía era ponerme los tenis, la playera y los shorts, listo, no había retoques de la realidad, obviamente tampoco había la tecnología de hoy, pero lo que pasa actualmente es rarísimo: trípodes, cámaras, la vanidad rebosando, cero pudor, pose y apariencias. Si vas a un gimnasio, esta descripción te debe parecer familiar. Si Rebord estuviera vivo, se moriría otra vez.











