¡AVANTI POPOLO! FRACKING: CIENCIA Y SOBERANÍA

México importa cerca del 75% del gas natural que consume.
LIC PERMANENTE CORTA

Y LA GRIETA QUE SE ABRE

En política, las palabras nunca llegan solas. Llegan con historia, con cálculo… y con consecuencias.

La presidenta Claudia Sheinbaum puso sobre la mesa un tema que durante años fue casi anatema en el discurso de la 4T: el fracking.

No lo anunció como política. No lo defendió como decisión. Lo colocó —con precisión quirúrgica— en el terreno de la ciencia.

Y ahí es donde entra Rosaura Ruiz Gutiérrez. No como vocera, sino como arquitecta del encuadre.

La operación científica (con nombres y apellidos)

Ruiz no habló para convencer: habló para construir legitimidad.

Dijo “equipo multidisciplinario”. Dijo “complejidad” Dijo “no visiones aisladas”.

Pero luego hizo algo más importante: dio nombres.

Porque en política pública, cuando se quiere dar certidumbre, no basta con nombrar instituciones —se exhiben rostros.

Ahí aparecieron perfiles como el de Carlos Herralde Monreal, especialista que opera desde Canadá; Manuel Martínez Morales, con formación en geología, hidráulica y exploración subterránea; y Jesús Humberto Romo Toledano, enfocado en ingeniería ambiental y tratamiento de aguas impactadas por hidrocarburos.

La lista siguió: Samuel Alejandro Lozano Morales, desde la química aplicada; Carlos Aguilar Madera, desde la Universidad Autónoma de Nuevo León, con experiencia en sistemas multifásicos y recuperación de hidrocarburos; y Eric Emanuel Luna, del Instituto Mexicano del Petróleo, especialista en inyección de gases y modelación de medios porosos.

Se suman María Hernández, experta en diseño de fluidos; Elena Centeno García, del Instituto de Geología de la UNAM, clave para entender la estructura tectónica; José Alberto Morquecho Robles, en mecánica de suelos petroleros; y Luis Fernando Camacho Ortegón, con enfoque en caracterización de depósitos minerales.

En el frente hídrico y ambiental, nombres de alto calibre: 

Blanca Jiménez, hoy embajadora en Francia pero referente técnico obligado; y Patricia Herrera Ascencio, al frente del Instituto Mexicano de Tecnología del Agua.

No es una lista. Es un mensaje.

Lo que realmente construye esa lista: cada nombre cumple una función:

Geólogos para legitimar el subsuelo; Ingenieros para viabilizar la técnica; Ambientalistas para contener la crítica; Expertos en agua para neutralizar el mayor temor

Y todo bajo una narrativa cuidadosamente ensamblada: “no estamos improvisando”.

Más aún: Ruiz introdujo un concepto clave —circuitos cerrados, tratamiento, químicos “amigables”— que no prueba nada… pero reduce la percepción de riesgo.

Ahí está el giro fino: no se afirma que el fracking sea seguro, pero se instala la idea de que podría serlo.

Soberanía vs. Dependencia: el argumento duro

México importa cerca del 75% del gas natural que consume. Ese dato no es técnico: es político.

Y permite el segundo movimiento: redefinir el fracking como instrumento de  soberanía.

La narrativa cambia: de técnica cuestionada → a recurso estratégico.

Pero esa transición no es inocente. Porque si el gas se redefine como “energía de transición”, entonces el margen político para justificar su explotación crece.

Y con él, la posibilidad de decisiones que hace unos años habría sido impensable dentro del propio discurso oficial.

Rosaura Ruiz insistió: la ciencia evoluciona, la tecnología mejora, los métodos cambian. Traducción política: lo que ayer era inviable… hoy puede reconsiderarse.

Aquí no hay contradicción explícita, pero sí tensión estructural.

Porque en los hechos, apostar por gas —aunque sea como “transición”— puede desplazar inversión, atención y voluntad política de las renovables.

El gobierno mantiene su meta de energías limpias, pero abre el análisis del fracking.

No es contradicción. Es coexistencia estratégica. Hasta que deje de serlo.                        

El escudo: el respeto y la consulta a las comunidades.

Pero la historia energética muestra que la consulta suele acompañar decisiones… no definirlas.

Lo que realmente se dijo y lo que no se dijo:

No se anunció el fracking. Pero se construyó su viabilidad narrativa. No se tomó una decisión. Pero se integró el andamiaje para tomarla.

No se abandonó el discurso ambiental. Pero se volvió flexible.

Si el lopezobradorismo convirtió al petróleo en símbolo de soberanía, el sheinbaumismo parece dispuesto a hacer algo más complejo: administrar las contradicciones.

Esta vez, el gobierno no defendió el fracking.

Hizo algo más sofisticado: lo volvió pensable, discutible, evaluable… aceptable.

Y lo hizo con una jugada clásica del poder contemporáneo: respaldarse en expertos para desplazar el conflicto político.

Pero hay algo que ni la mejor lista de científicos puede ocultar:

La decisión no será técnica. Será política. —y cuando llegue— no se explicará con nombres, ni con títulos, ni con credenciales.

Se explicará con poder.  

Jfa_ot@hotmail.com

LIC PERMA

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