Resulta paradójico que Raymundo Riva Palacio, autor de la célebre expresión “la verdad es irrelevante” para explicar la lógica de la percepción en los conflictos políticos, termine ofreciendo precisamente un ejercicio donde la percepción desplaza a los hechos comprobables.
Su columna de ayer viernes publicada en El Financiero acumula afirmaciones categóricas construidas sobre inferencias, versiones no verificadas y reconstrucciones cuya única evidencia parece ser la autoridad del propio narrador.
A ello se suman imprecisiones geográficas y descripciones de acontecimientos cuya certeza presenta como si proviniera de un expediente judicial abierto al escrutinio público.
Más que periodismo de investigación, el texto de Riva Palacio se asemeja a una novela de intriga donde el autor asigna móviles, reconstruye conversaciones, conoce los pensamientos de los protagonistas, determina la actuación de instituciones civiles y militares y hasta anticipa las razones que explican una compleja crisis de seguridad.
Todo ello sin aportar al lector los elementos probatorios que permitan distinguir entre información comprobada, interpretación personal y simple especulación.
No es casual que este tipo de publicaciones aparezcan justamente cuando la investigación ministerial continúa su curso.
En una democracia constitucional corresponde exclusivamente a la Fiscalía General de la República determinar, con base en pruebas y conforme al debido proceso, si existen o no elementos para ejercer acción penal.
Sustituir ese procedimiento por columnas construidas sobre conjeturas, constituye una forma de litigio mediático que pretende convertir la opinión publicada en sentencia anticipada.
Desde esa perspectiva, el texto de Riva Palacio parece inscribirse en una campaña de desgaste político dirigida contra Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, en momentos en que permanece pendiente el desenlace jurídico de las investigaciones.
El objetivo no sería informar sobre hechos plenamente acreditados, sino moldear la percepción pública antes de que las autoridades competentes concluyan su trabajo.
La historia reciente demuestra que el juicio mediático rara vez coincide con el juicio legal.
Precisamente por ello, la responsabilidad del periodismo consiste en distinguir con rigor entre hechos, indicios, hipótesis y opiniones.
Cuando esas fronteras desaparecen, el periodismo deja de investigar y empieza a fabular.
Si el próximo lunes, o cuando corresponda, la información oficial desmiente buena parte de la narrativa de Riva Palacio, a él poco importará, tampoco a quienes ya lograron sembrar la sospecha.
Porque es sabido que la rectificación nunca alcanza la misma difusión que la acusación inicial.
Quizá ahí radique la verdadera pérdida de credibilidad periodística, esa es la ironía de esta historia: pues resulta que quien alguna vez sostuvo que “la verdad es irrelevante” parece haber terminado escribiendo exactamente bajo esa premisa.











