¡AVANTI POPOLO! T-MEC: entre la estridencia política y la larga historia del comercio

El TLCAN simplemente institucionalizó una dinámica.
SINALOA FUTBOL 3

Los mercados rara vez sucumben al estruendo de la propaganda.

Las bolsas reaccionan al rumor; las inversiones, en cambio, responden a la certeza.

Por eso, mientras las redes sociales y buena parte de la comentocracia nacional se debaten entre augurios apocalípticos sobre el futuro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), conviene abandonar la emoción del momento para observar el fenómeno desde la perspectiva que ofrece la historia.

No es la primera vez que Norteamérica vive una crisis comercial. Tampoco será la última.

México, Estados Unidos y Canadá han sobrevivido a cambios de gobierno, crisis y tensiones bilaterales.

Esa perspectiva histórica fortalece la tesis de que el comercio suele imponerse a la retórica política.

La integración económica del continente comenzó a edificarse mucho antes de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1992.

Desde mediados del siglo XX, el intercambio entre México y Estados Unidos crecía impulsado por la cercanía geográfica, la complementariedad productiva y una realidad elemental: ambas economías se necesitan mutuamente.

El TLCAN simplemente institucionalizó una dinámica que el mercado ya había comenzado a construir.

Durante tres décadas transformó profundamente la estructura productiva mexicana. Millones de empleos, miles de empresas y complejas cadenas de suministro terminaron enlazando a los tres países en un mismo proceso industrial.

Cuando el presidente Donald Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca anunció prácticamente la defunción del TLCAN.

El discurso fue contundente, las amenazas constantes y la incertidumbre enorme.

Sin embargo, la realidad económica terminó imponiéndose a la retórica política.

Lejos de desaparecer, el tratado fue renegociado y modernizado.

Nació así el T-MEC, que incorporó nuevas disciplinas en materia laboral, comercio digital, propiedad intelectual, reglas de origen y mecanismos de solución de controversias, preservando la esencia del mercado regional más importante del planeta.

Hoy asistimos nuevamente a un ambiente semejante.

Las turbulencias arancelarias, las presiones políticas internas de Estados Unidos, las diferencias en materia energética, migratoria y de seguridad, así como las naturales revisiones previstas en el propio tratado, han reactivado pronósticos catastrofistas que anuncian su inminente desaparición.

Pero una cosa es la revisión periódica del acuerdo, susceptible a cambio y otra muy distinta su terminación.

Incluso en el escenario extremo de que alguno de los socios decidiera abandonar el tratado, sus efectos no cesarían de manera inmediata o intempestiva.

El propio diseño jurídico del T-MEC contempla procedimientos y plazos — seis meses anticipación —que impedirían una ruptura abrupta.

Las cadenas de suministro, las inversiones ya instaladas y los contratos comerciales seguirían operando durante un largo proceso de transición.

La economía no funciona con la velocidad de un discurso de campaña.

Mientras tanto, México tampoco permanece inmóvil.

La reciente modernización de su acuerdo comercial con la Unión Europea constituye una señal de diversificación estratégica que algunos analistas minimizan por razones ideológicas más que económicas.

Si bien es cierto, que ningún tratado sustituye por sí solo la importancia del mercado estadounidense:

Ampliar los destinos de exportación fortalece la posición negociadora del México y reduce riesgos de dependencia excesiva.

Los empresarios lo saben mejor que nadie.

Por eso, incluso quienes hoy expresan legítimas preocupaciones difícilmente modificarán de un día para otro sus planes de inversión únicamente por declaraciones políticas.

La industria automotriz, la manufactura avanzada, la agroindustria, la electrónica y buena parte del aparato exportador requieren horizontes de planeación que superan con mucho los calendarios electorales.

Y ahí radica quizá la mayor enseñanza de la historia.

Los presidentes pasan. Los discursos cambian. Las campañas terminan.

Pero las cadenas productivas permanecen porque responden a intereses económicos concretos, no a estados de ánimo políticos.

Dentro de diez años, cuando concluya el periodo previsto para una eventual transición, Estados Unidos habrá celebrado varias elecciones presidenciales; México habrá renovado sus poderes públicos; habrá nuevas prioridades geopolíticas que ocuparán la agenda internacional, y seguramente, Donald Trump será apenas un capítulo polémico en los libros de historia, recordado más por su estilo temperamental confrontativo y el tiempo dirá que tan errático, por sus políticas proteccionistas y encarecedoras.

La prudencia aconseja vigilar las negociaciones y ampliar los mercados sin caer en el derrotismo anticipado.

Porque el verdadero motor económico de Norteamérica no es y nunca serán, los discursos encendidos ni las consignas  ideológicas; que solo el reflejan las posturas iniciales del debate.

El verdadero motor es y siempre será, la enorme interdependencia económica que durante más de treinta años ha convertido a tres naciones distintas en una de las regiones comerciales más dinámicas y competitivas del mundo.

El bloque del T-MEC de Norteamérica, con apenas el 6.3% de la población mundial, genera cerca del 30% de la riqueza del planeta y participa con alrededor del 14% del comercio internacional.

No es materia de caprichos políticos.

La historia demuestra que los tratados pueden cambiar de nombre, actualizar sus reglas o redefinir algunos de sus capítulos.

Lo que difícilmente desaparece es la lógica económica que les dio origen.

Y esa lógica, hasta hoy, continúa siendo mucho más poderosa que cualquier turbulencia política pasajera.

Por lo pronto y diez años más: El T-MEC sobrevivirá y Donald Trump terminará siendo un episodio más en la larga historia de la integración económica de Norteamérica

jfa_ot@hotmail.com

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