¡AVANTI POPOLO! CUBA, OCASO DE UNA UTOPÍA CONTINENTAL

Cuba continúa mirando al norte
SINALOA FUTBOL 3

La Revolución Cubana no fue solamente un gobierno.

Fue una imaginación política continental.

Durante los años sesenta y setenta, Cuba proyectó una épica internacionalista que impactó profundamente a América Latina, África y buena parte del llamado “Tercer Mundo”.

El Che Guevara encarnó esa dimensión mítica.

La idea del “foco guerrillero”, la exportación de la revolución y la lucha antiimperialista otorgaron a Cuba una influencia simbólica desproporcionada respecto a su tamaño territorial.

La isla se convirtió en:

La escuela política, el centro diplomático, la inspiración insurgente, y la referencia moral para amplios sectores de la izquierda mundial.

Pero toda épica histórica enfrenta tarde o temprano, su momento decisivo:

Ese momento llega, cuando el mito deja de proyectarse hacia el futuro y comienza a sostenerse principalmente desde la memoria…

Eso parece me parece que está ocurriendo hoy con Cuba.

Aunque su destino sigue siendo inquietante y preocupante;

Su revolución está en etapa de resistencia y reflexión introspectiva.                                                                             

Sin llegar al desinterés, por sobrados motivos y temores ya no moviliza al mundo como antes.

Porque ya no ofrece el mismo horizonte transformador que sedujo a generaciones enteras durante la Guerra Fría.

Sobrevive más como estructura estatal que como utopía expansiva.

Y aun así, la isla continúa ocupando un lugar singular en el imaginario político global.

Porque aun así, Cuba concentra muchas de las grandes tensiones contemporáneas:

Soberanía contra hegemonía, dignidad nacional contra dependencia económica, resistencia política contra agotamiento institucional, memoria revolucionaria contra crisis cotidiana.

Por eso el debate sobre Cuba nunca es solamente sobre Cuba.

Es también un debate sobre:

América Latina, sobre el derecho de las naciones periféricas a decidir su destino, sobre el peso histórico de las potencias, y sobre los límites reales de las soberanías en el siglo XXI.

Con Donald Trump reapareció además un lenguaje de fuerza que muchos creímos desterrado:

Las amenazas, la retórica de confrontación, de presione máxima, y los discursos que evocan nuevamente la posibilidad de acciones más agresivas contra gobiernos considerados adversarios de Washington.

Ese endurecimiento no solo afecta la economía cubana.

También reactiva la vieja lógica imperial hemisférica:

La idea de que Estados Unidos conserva autoridad para disciplinar políticamente a su entorno regional.

Y allí la discusión deja de ser exclusivamente cubana.

Porque la pregunta de fondo es otra:

¿Puede existir soberanía plena para países pequeños y periféricos dentro de un sistema internacional profundamente desigual?

Tal vez Cuba represente, con todas sus contradicciones, uno de los laboratorios históricos más intensos de esa pregunta.

La isla resistió y resistirá.

Pero resistir tuvo y tendrá costos muy grandes.

Costos económicos. Costos democráticos. Costos generacionales, Costos humanos.

Y aun así, después de décadas de bloqueo, crisis, sanciones y aislamiento, Cuba sigue y seguirá allí: agotada, contradictoria, erosionada, pero todavía soberana y con un sentido profundamente simbólico.

Quizá por eso la Revolución Cubana ya no deba entenderse únicamente como éxito o fracaso.

Tal vez deba entenderse como tragedia histórica latinoamericana:

La historia de una nación que intentó conquistar autonomía absoluta en un mundo organizado precisamente para impedirla.

Y en medio de esa larga tormenta geopolítica, Cuba continúa mirando al norte.

No con ingenuidad.

Sino con la conciencia amarga de quien sabe que, para ciertas potencias, la soberanía ajena sigue siendo tolerable únicamente mientras permanezca subordinada.

Cambio y fuera.

jfa_ot@hotmail.com

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