¡AVANTI POPOLO! Estados Fallidos o Estados Atravesados

La soberanía dejó de ser una muralla
LIC PERMANENTE ENTRADA

Aquí el concepto de “Estado fallido” se vuelve todavía más ambiguo.

Porque hay Estados que no han colapsado, pero que sí padecen una soberanía perforada.

Estados sin haberse convertido en ruinas institucionales absolutas.

Pero si en Estados atravesados:

Atravesados por capitales ilícitos. Atravesados por redes clientelares. Atravesados por intereses transnacionales.

Atravesados por aparatos mediáticos. Atravesados por economías criminales. Atravesados por formas híbridas de poder.

Y en ocasiones la paradoja es todavía más dura:

Ciertos actores internacionales que denuncian la fragilidad de un Estado, mientras simultáneamente contribuyen a producirla tal debilidad mediante:

Bloqueos económicos, intervenciones encubiertas, políticas arancelarias y proteccionistas, tráfico ilegal de armas, políticas antidrogas engañosas, extracción desigual de recursos, o estrategias encubiertas de desestabilización regional.

Entonces la pregunta ya no es solamente: “¿Existe soberanía?”

Sino: “¿Cuánta soberanía efectiva conserva realmente un Estado en medio de las fuerzas que lo atraviesan?”

Ejemplos muy claros son ahora: los doce países alineados en el “Escudo de las Américas”:

Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, R. Dominicana y Trinidad y Tobago; que se reunieron el 7 de marzo 2026 para una especie de besamanos, en el club privado Trump National Doral, Miami Florida, con el Presidente Donald Trump.

Incluida Venezuela: avasallada y atravesada por la fuerza militar del imperio estadounidense.     

Esa es quizá la discusión decisiva del siglo XXI.

Porque los Estados modernos ya no solo enfrentan invasiones militares clásicas.

Enfrentan:

Guerras financieras, guerras mediáticas, guerras informativas, economías criminales transnacionales, plataformas digitales capaces de alterar percepciones colectivas, y mercados globales con más capacidad de presión que muchos gobiernos nacionales.

La soberanía dejó de ser una muralla. Ahora es una disputa permanente.

Y quizá allí reside la diferencia entre un Estado verdaderamente fallido y un Estado en conflicto:

El primero pierde totalmente la capacidad de arbitrar el poder;

el segundo todavía lucha —con contradicciones, límites y tensiones— por no entregarla por completo.

Dicho al estilo de Jorge Ibargüengoitia:

Hay países que funcionan mal. Y hay potencias empeñadas en que esos países, parezca que funcionan peor de lo que realmente funcionan.

Y a veces, entre el ruido de los noticieros, los comunicados diplomáticos y las guerras narrativas, la verdadera disputa no es quién gobierna un país.

Sino quién se arroga el derecho a definir si tal o cual país, todavía se gobierna solo.

Ahí ya no estamos discutiendo solamente de “Estados fallidos”; estamos intentado comprender, y no para desmontar narrativas, si no para descifrar el mecanismo mediante el cual se fabrica la percepción internacional de legitimidad o ilegitimidad de los estados soberanos.

El concepto de “doble soberanía” según el historiador Lorenzo Meyer, tiene su propio campo de debate:

Soberanía externa = resistir las subordinaciones geopolíticas;

Soberanía interna = impedir que poderes fácticos sustituyan al Estado.

“Estados formalmente soberanos, pero materialmente condicionados”

Eso le da densidad dialéctica al debate y evita caer en argumentaciones simplonas.

A tono con el peso analítico de la visión Gramsciana de la teoría de la dependencia, y, la crítica contemporánea del poder transnacional.

Porque ya no se trata solo del “Estado ausente”, sino de, el Estado “atravesado”.                                                   

Y esa palabra lo cambia todo, porque un Estado atravesado:

No desaparece, no colapsa completamente, pero tampoco ejerce soberanía plena.

Conserva capacidad de negociación. Tolera y administra tensiones. Cede algunos espacios y recupera otros.

Y sobrevive en un equilibrio inestable entre las fuerzas que lo presionan desde dentro, y, desde fuera.

Y aquí aparece una noción insoslayable y no tan moderna:

La soberanía como correlación dinámica de fuerzas, no como un atributo absoluto.

Muy en línea con Antonio Gramsci cuando afirma:

El poder no reside únicamente en el gobierno formal, sino en su capacidad de construir hegemonía sobre la economía, la cultura, la narrativa, la legalidad, la percepción colectiva de normalidad y buena gobernanza.

Porque el crimen organizado no solo disputa territorios. Disputa legitimidades. Disputa obediencias. Disputa economías.

Disputa hasta el imaginario colectivo.

Lo mismo hacen los oligopolios mediáticos y los corporativos financieros: que no necesitan ganar elecciones para cogobernar en un país.

En algunas regiones, estados y municipios, ya lo hemos sufrido con los narco cacicazgos  de políticos mafiosos entreverados con los poderes legítimos. Pruebas de ello sobran y son públicas…

Y aquí el concepto clásico de soberanía westfaliana [1648] empieza a quedarse corto para explicarnos la correlación de fuerzas geopolíticas; y de la nueva guerra fría por el predominio tecnológico y la IA del siglo XXI.

Porque hoy existen:

Soberanías financieras condicionadas por deuda.                                                                        

Soberanías digitales condicionadas por plataformas.                                                                                 

Soberanías alimentarias condicionadas por corporaciones y el control genético.

Soberanías energéticas condicionadas por mercados globales.

Soberanía tecnológica condicionada por la física y la posesión de las tierras raras.                                                 

Y soberanías narrativas condicionadas por los conglomerados mediáticos transnacionales.

Es decir: Estados jurídicamente independientes, pero estratégicamente vulnerables.                                           

Y esa es una idea peligrosamente lúcida para el debate público contemporáneo.

Sin embargo: “no todo es conspiración extranjera”.                                                                                                       

Se hace necesario reconocer que también existen responsabilidades internas para combatir:

La corrupción, la captura institucional, la complicidad política, la impunidad, las élites depredadoras, y las redes criminales locales.

Continuará…

jfa_ot@hotmail.com

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