La mañanera de este martes no fue una conferencia de sobresaltos ni de grandes detonaciones mediáticas.
Fue algo más fino y quizá más peligroso para sus adversarios: una operación política de reafirmación ideológica.
Mientras los reflectores aparentaban iluminar hospitales, campañas preventivas y protocolos sanitarios, en realidad el escenario estaba montado para otro mensaje:
La defensa del proyecto político frente a lo que Claudia Sheinbaum considera una nueva fase de asedio externo e interno.
Porque detrás del lenguaje clínico apareció nuevamente la narrativa que empieza a consolidarse como doctrina del nuevo sexenio: soberanía contra subordinación.
Y allí fue donde la presidenta deslizó uno de los mensajes más afilados e insistentes de las últimas semanas.
Sin necesidad de mencionar nombres propios —aunque muchos se sientan aludidos— cuestionó a los sectores nacionales que, frente a las tensiones con Estados Unidos, “se suben al carro extranjero” para golpear al propio gobierno de México.
Traducido del lenguaje diplomático al castellano político:
La presidenta acusa la existencia de un colaboracionismo interno compuesto por comentaristas, operadores mediáticos, opositores reciclados y grupos de interés que, ante la pérdida de privilegios, buscan apoyo o legitimidad en las presiones provenientes del exterior.
La frase no es menor y tiene carga histórica.
En México, el término “colaboracionista” evoca viejas heridas nacionales: los conservadores que acompañaron la intervención francesa; los grupos que apostaron por Maximiliano; las élites que históricamente han preferido alinearse con intereses extranjeros antes que aceptar proyectos nacionales populares.
La Presidenta Sheinbaum parece intentar colocar a sus adversarios en esa genealogía simbólica.
Y no es casual.
El Obradorismo —y ahora el Sheinbaumismo— entendieron hace tiempo que el terreno decisivo no es únicamente económico ni electoral, sino narrativo.
La batalla ideológica consiste en definir quién representa y defiende a la nación y quién la traiciona apareciendo como “colaboracionista” con poderes extranjeros — Estados Unidos—.
Por eso el gobierno insiste tanto en el concepto de soberanía.
No se trata sólo de la política exterior; la soberanía es una herramienta de cohesión interna.
Frente a los señalamientos y expedientes sobre narcotráfico, inseguridad o presuntas filtraciones desde agencias estadounidenses, el oficialismo busca revertir la ecuación:
Convirtiendo la presión internacional en combustible nacionalista.
En esa lógica, los medios críticos aparecen ahora no sólo como adversarios políticos, despechados de las estructuras desplazadas del antiguo régimen de privilegios comunicacionales que les diera todo durante años y felices días.
De ahí las referencias constantes al “fin del chayote”, esa vieja práctica de subsidios, convenios y recompensas económicas disfrazadas de publicidad oficial que durante décadas lubricó la relación entre poder y la prensa:
Que hoy une su resentimiento a los Prianistas “colaboracionistas”, opositores mediocres y revanchistas que no superan la derrota..
Muchos de los grandes consorcios mediáticos que antes orbitaban cómodamente alrededor del presupuesto público, hoy, expulsados de paraíso y sin “apapachos”, enfrentan una realidad menos generosa.
Algunos reaccionaron adaptándose; otros optaron por convertirse en la oposición editorial permanente; y otros viven instalados en la nostalgia de los tiempos, donde la crítica tenía tarifa y la obediencia presupuesto.
La Presidenta parece decidida a cobrarles políticamente esa factura.
El mensaje de hoy fue precisamente ese:
La Presidenta quiere poner en el debate nacional la deslealtad — traición a la Patria— el entreguismo a los intereses extranjeros: de las élites desplazadas; de los “comentocratas” ardidos y de casi todos los aparatos mediáticos damnificados de la 4T, irritados y delirantes por la pérdida de influencia económica.
No hubo dramatismo, disonancias ni aspavientos.
Hubo algo más sofisticado: la construcción lenta de un relato histórico donde el oficialismo de hoy, ocupa el papel de defensor de la soberanía nacional frente a una coalición de poderes externos y domésticos.
Porque mientras la oposición continúa atrapada entre la estridencia y la fragmentación, el gobierno avanza consolidando una idea emocionalmente poderosa:
Que toda crítica intensa proveniente de ciertos sectores no nace del interés nacional, sino del despecho y el rencor por la pérdida de privilegios.
Son los sectores del viejo régimen que no soportan la austeridad republicana porque confundieron durante décadas, el periodismo con la nómina y la crítica con la facturación.
Retratados como una oposición nostálgica, irritada y cada vez más dependiente del amplificador extranjero.
“Anémicos de apapachos y chayote” transmite la idea de una clase mediática y política con síndrome de abstinencia presupuestal: privados de favores, convenios y trato preferencial.











