¡AVANTI POPOLO! LA RESTAURACIÓN SILENCIOSA

No es únicamente un modelo educativo: es un proyecto de poder.
LIC PERMANENTE CORTA

ENTRE LA CRUZ Y LA ESPADA (II):

Si la primera batalla por la educación en México entre conservadores y progresistas fue abierta —con leyes, fusiles y resistencia— la segunda, por la restauración silenciosa es más sutil, pero no menos decisiva:

Se libra en las aulas, en los consejos escolares, en los contenidos y en la formación de élites de ambos bandos.

La memoria de la Guerra Cristera suele evocarse como martirio y sacrificio.

Pero reducirla a una narrativa de víctimas es olvidar su dimensión política:

Fue una disputa por el poder, por la rectoría del Estado y por el control de las conciencias. Y esa disputa, lejos de haber terminado, se ha sofisticado.

Hoy no hay templos cerrados ni campanas silenciadas. Hay algo más eficaz y peligroso:

Hay una restauración silenciosa que avanza sin estridencias, ocupando espacios donde la aquiescencia del Estado ha significado retroceso y un regreso a la complacencia.

La educación privada de orientación religiosa no sólo crece: se consolida como el semillero de las futuras élites económicas, políticas y culturales.

Ahí se forman redes, se transmiten valores y se construyen lealtades.

No es únicamente un modelo educativo: es un proyecto de poder.

En paralelo, la educación pública enfrenta recortes, desigualdades estructurales y una constante disputa ideológica. El resultado es un país que educa distinto según el origen social:

La promesa republicana de igualdad se diluye entre colegiaturas y carencias; y con frecuencia se ve amenazada por quienes deberían servirla con la vocación prometida. 

No se trata de negar la libertad religiosa ni el derecho de los particulares a educar.

Se trata de señalar una asimetría peligrosa: cuando el Estado abdica de su papel rector, otros actores —con agenda propia— llenan el vacío.

En ese terreno, la derecha mexicana ha mostrado una notable consistencia histórica.

Desde los ecos de la cristiada hasta las redes contemporáneas de influencia, existe una línea de continuidad que articula fe, poder económico y proyecto político. No siempre visible, pero sí eficaz.

El Partido Acción Nacional ha sido, en buena medida, el vehículo institucional de esa corriente, aunque no el único.

A su alrededor orbitan organizaciones, cuadros formados en colegios privados y estructuras que operan tanto en lo público como en lo privado, como El Yunque, cuya influencia —negada y documentada a la vez— ha marcado generaciones de liderazgo.

Mientras tanto, los sectores progresistas han oscilado entre la confrontación frontal y la complacencia pragmática.

Han defendido el laicismo en el discurso, pero no siempre en la política pública. Han ganado elecciones, pero no, necesariamente la batalla cultural.

Ahí es donde radica el punto ciego: se puede gobernar sin transformar, administrar sin disputar, legislar sin convencer. Mientras que en ese vacío, la derecha construye sentido común y avanza en la restauración silenciosa.

Como ha advertido el historiador Lorenzo Meyer: ”las derechas en México no desaparecen: se reconfiguran. Aprenden, se adaptan y avanzan cuando encuentran terreno fértil”.

Y hoy, ese terreno existe a pesar de los esfuerzos del nuevo régimen por fortalecer la educación básica, impulsar la superior y resolver la problemática del gremio sindical, que por momentos parece impulsado por interese extraños y ajenos.

—Tal vez por falta de una buena operación política—

La pregunta ya no es si hay una influencia religiosa en la educación, sino qué tan profunda es y qué efectos tendrá en el mediano plazo.

Porque quien forma a las élites de hoy, será sin duda quien gobierne el país de mañana.

Y ahí es donde la memoria deja de ser homenaje y se convierte en advertencia.

No para exaltar el sacrificio, sino para entender que la República no se sostiene por inercia:

Se debe defender todos los días, en cada aula, en cada política pública, en cada decisión que define que la educación como un derecho y no como un privilegio.

Porque si la primera victoria republicana se ganó en el campo de batalla, la segunda —la decisiva— se está perdiendo poco a poco en silencio. Sin pólvora, sin clarines… pero con resultados igual de contundentes.

Y si esa tendencia no se revierte, la historia no se repetirá como tragedia ni como farsa: se irá normalizando suavemente por costumbre.

Una República de nombre, con ciudadanos formados en la obediencia; un Estado laico en el papel, pero confesional en los hechos; una democracia que vota, pero que no piensa.

Entonces sí —sin necesidad de derramar más sangre— se habrá consumado la verdadera derrota:

No la de un gobierno, si no la de una sociedad que se dijo progresista pero que se dejó avasallar en la batalla cultural, la misma que en el pasado conquistó peleando como perro en brama…

Y cuando eso ocurra, no habrá mártires que rediman ni épicas que rescaten: sólo quedará la cómoda servidumbre de conciencias domesticadas, bendecidas desde el púlpito y administradas desde el poder.

Porque cuando la República abdica de su laicidad, no sólo cede terreno: renuncia a su propia razón de existir… y se arrodilla.

jfa_ot@hotmail.com

LIC PERMA

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