Culiacán, Sinaloa, 23 de mayo 2026.
Pregunta el crítico lector por qué digo que el calificativo de “izquierda” y mucho menos el de “socialista”, agregando la barbaridad de “comunista”, que se aplica a gobiernos ciertamente progresistas (en contraste con la llamada “ultraderecha”) puede resultar impropio en estricto.
¿Izquierda o derecha?
Veamos: en el recinto de la Asamblea Nacional Francesa, entre agosto y septiembre de 1789, los representantes de la aristocracia y el clero se colocaban a la derecha de la presidencia y los diputados del “Tercer Estado”, identificados como “patriotas”, se ubicaban a la izquierda de la mesa directiva.
Los de la derecha eran partidarios del “veto real” a los acuerdos de la Asamblea y los de la izquierda se oponían.
SIGUIÓ LA HISTORIA
Poco más de dos años después, el primero de octubre de 1791, constituida la Asamblea Legislativa, a la derecha se sentaban los girondinos, que eran portavoces de la gran burguesía, y a la izquierda se colocaban los diputados del Club de Los Jacobinos, que agrupaba a la pequeña burguesía y representaba al llamado “pueblo llano” de París.
Desde entonces, la “izquierda” se asocia a la ideología y acción política que lucha por el cambio político y social (en beneficio de las mayorías) mientras que la “derecha” se instala en el rechazo a esos cambios.
Es en el contexto de esto último, que al actual gobierno mexicano se le ubica en la izquierda, lo que cual aparece como razonable, a juzgar por sus iniciativas y su combate a la corrupción de la derecha.
Pero, en mi opinión, el actual gobierno viene siendo de centro-izquierda y ni de lejos “socialista”, mucho menos “comunista” como afirman algunos propagandistas enfermos.
EL INOCENTE CAPITAL
Como no es dable para ciertos académicos mexicanos, y sobre todo para sociólogos gringos, condenar al sistema capitalista, su neoliberalismo y la estrategia globalizante (que se aplica según el sapo) pues entonces culpar a las víctimas del subdesarrollo:
“Un total de 231 millones de pobres en Latinoamérica y el Caribe, 45 millones más respecto a los 185 que había antes del coronavirus” (datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe).
Con la afición a las cuentas (que muchas veces poco o nada dicen) la inefable CEPAL precisó no hace mucho (2022) que “la tasa de la pobreza en la región subirá siete puntos porcentuales para ubicarse en 37.3 por ciento de la población, producto de una contracción económica de 9.7 por ciento”, lo que ya está sucediendo.
La concentración de la ganancia (aún en tiempos de vacas flacas), la virtual explotación que genera millones de pobres en extremo seguirá desde luego, pero los excesos del capital no son asunto de la tal CEPAL.
TODOS COLUDOS
Una consecuencia adicional de la incipiente cultura política que se tiene en amplios sectores de la sociedad mexicana es la ausencia de una evaluación desprejuiciada de la gestión gubernamental en todos sus niveles.
Lo que priva es la acusación casi siempre sin pruebas y las acciones u omisiones de los gobernantes, por lo general, comienzan a ser valoradas críticamente acaso al final de un ejercicio o después que el funcionario ha dejado el poder. Además, la crítica se mueve en los extremos, con el signo del nuevo momento político y su contraparte.
Las fidelidades, una vez que se deja el poder, son garbanzos de a libra y lo que priva es la retirada vergonzante de aquellos que una vez dijeron compartir ideas y comulgaron juntos.
Los acomodos terrenales constituyen la única lógica del comportamiento político y, pese a las evidencias, los profesionales de ese ejercicio parecen no entenderlo.
Si bien las premisas anteriores operan básicamente en el ámbito oficial, es claro que también se expresan en otros espacios y en la opinión pública, donde las adhesiones o rechazos responden al momento político, aunque se niegue o, al menos, se matice.
Por otra parte (y es un aspecto que suele marginar la crítica coyuntural) como el poder se suele remitir a una persona o un grupo reducido el fracaso o el éxito de una gestión (que pasa a ser, erróneamente, un asunto de óptica) se reduce a la actuación de la figura central.
EN EL TINTERO
-Con todo, en los últimos años hemos tenido un gobierno que claramente se distingue de los extremadamente corruptos prianistas anteriores. Sin asomo de duda, todo mundo lo sabe.
–Si no hay pruebas, cualquier acusación es calumnia y difamación, un delito que debe ser sancionado y punto.
(cano.1979@live.com).











