Somos Nuestra Memoria
¿Por qué ante la misma tormenta algunas personas sufren un colapso psicológico mientras otras logran mantenerse en pie?
La respuesta no reside en una aparente “fortaleza moral” o en una genética privilegiada, sino en la compleja red de vínculos, entornos e historia acumulada que sostienen a cada individuo.
Lo que he podido constatar en mi investigación doctoral sobre las Pedagogías del Trauma, es que las familias fuertes que acompañan, la capacidad aprendida para solicitar ayuda y las pautas de crianza no negligentes constituyen el factor protector determinante para amortiguar el impacto del sufrimiento y permitir la recuperación.
La resiliencia no es un atributo mágico ni un lema de autoayuda; es la capacidad psicológica y social que tienen las personas para sobrevivir a un evento traumático y la forma en que aprenden a levantarse tras cada caída.
Si entendemos que el trauma posee un componente sociocultural y cognitivo indudable, se consolida mi tesis central:
El trauma no es únicamente un fallo biológico o una respuesta clínica aislada, sino un fenómeno que se gesta, transmite y consolida en la casa, con las amistades, en la calle, el trabajo y la escuela.
El trauma no surge en el vacío.
Se nutre de la educación informal, los entornos familiares adversos y las condiciones estructurales de la comunidad, atravesadas por abusos laborales normalizados, violencia generalizada, impunidad y la presencia constante del crimen organizado.
En este contexto, la persona pasa de la experiencia adversa a la estrategia de supervivencia mediante un aprendizaje puramente defensivo. Cuando un individuo crece en un medio hostil, su mente elabora respuestas adaptativas indispensables para sobrevivir:
Hipervigilancia, evasión emocional, desconexión corporal, control excesivo o desconfianza radical.
No obstante, sobrevivir no equivale a vivir.
Aquello que en el momento de crisis funcionó como un escudo protector indispensable, con el tiempo se transforma en una prisión psicológica y relacional en la vida adulta, manifestándose en disfunciones sexuales, conflictos de pareja y un menoscabo directo en el rendimiento laboral o académico.
Frente a esto, proponemos un cambio de paradigma hacia lo que denominamos las Pedagogías del Trauma, avalado por la evolución clínica observada en cientos de pacientes.
Este enfoque exige abandonar el modelo punitivo o patologizador que interroga al sujeto con un inquisitivo «¿Qué te pasa?» (enfocado en juzgar la conducta disfuncional) para transitar hacia dos preguntas transformadoras: ¿Qué te pasó? (reintroduciendo la historia y el contexto del sufrimiento) y ¿Qué aprendiste para sobrevivir a lo que te pasó? (reconociendo la función protectora inicial del síntoma).
Comprender no implica justificar. El objetivo es devolver la responsabilidad y la agencia al individuo, evitando dos extremos peligrosos: explicar todo por el trauma para eximir de responsabilidad y condenar la conducta ignorando el dolor que la sostiene.
La verdadera transformación permite al sujeto reconocer: «Aprendí a reaccionar así porque me salvó en su momento, pero hoy me lastima y necesito aprender una forma distinta de habitar el mundo».
Lamentablemente, mientras la ciudadanía intenta sobrellevar el impacto acumulado del dolor con los recursos que tiene a la mano, el gasto público frecuentemente se desvía hacia obras de infraestructura que nadie pidió y sin impacto prioritario ni consulta ciudadana —como teleféricos y obras suntuarias— que solo sirven para justificar presupuestos multimillonarios y desviar recursos a los administradores en turno.
Causas y azares
- En Coahuila y en diversas regiones del país asistimos a un repunte alarmante de suicidios y crisis de salud mental.
- De acuerdo con el INEGI, la tasa de suicidios ha mostrado un incremento sostenido en la última década, afectando de manera desproporcionada a los jóvenes y donde se perpetúan vicios institucionales: contratación de personal sin la debida acreditación, precarización laboral y cuotas de amiguismo político.
- La falta de seguimiento riguroso en instituciones como el DIF y la Secretaría de Salud ha permitido que personas sin título profesional en Psicología o con formación exclusivamente educativa asuman la atención clínica de la población, exponiendo de manera irresponsable la vida y la integridad de los usuarios.
- Por su parte, iniciativas como “El ABC de las emociones” corren el riesgo de quedar en buenas intenciones propagandísticas si carecen de evaluación científica, presupuesto formal y seguimiento técnico. Si las autoridades educativas y de salud, bajo la gestión de funcionarios como Mario Delgado, continúan diseñando e implementando programas de salud mental sin el acompañamiento directo de Asociaciones de psicólogos con experiencia, se incurre en una necedad institucional que cuesta vidas.
Nos estamos viendo, que el sufrimiento es la arcilla con la que se forman los héroes.









