EL OSTRACISMO POLÍTICO

No es relevo si son los mismos de siempre

En Atenas, cuando alguien se hacía demasiado poderoso, no lo mataban. Lo votaban.

Se llamaba ostracismo.

Una vez al año, la Asamblea de los seis mil ciudadanos se reunía en el ágora.

Si temían que un político concentra demasiado poder, que su nombre pesara más que la ciudad misma, escribían su nombre en un trozo de cerámica, en un _ostrakon_.

Si seis mil manos coincidían, ese hombre era exiliado por diez años.

No le quitaban su casa. No le quitaban su ciudadanía. Le quitaban lo único que realmente le importaba: su influencia.

Atenas había entendido algo que nosotros, 2,500 años después, seguimos sin entender en Sinaloa: que la democracia no muere por sus enemigos, muere por sus salvadores.

Hay dos historias que lo explican todo.

Temístocles fue el hombre que salvó a Atenas.

En Salamina, cuando los persas venían a borrar a Grecia del mapa, fue su astucia la que salvó a la democracia.

Sin él, no habría Atenas, no habría Pericles, no habría filosofía. El pueblo le debía todo.

Y unos años después, ese mismo pueblo lo condenó al ostracismo.

Murió solo, exiliado, escribiendo cartas a una ciudad que ya no lo quería escuchar.

El otro es Arístides, llamado “El Justo”. Tan justo que un ciudadano analfabeta se le acercó en la Asamblea y le preguntó: “¿Me puede escribir el nombre de Arístides en mi cerámica? No sé escribir”.

Arístides le preguntó: “¿Qué te ha hecho Arístides?”.

El hombre contestó: “Nada. Estoy harto de escuchar en todos lados que es el justo”.

Arístides, sin decir una palabra, escribió su propio nombre y fue condenado al exilio.

¿Les suena?

Hoy en todo el sistema político de Sinaloa, vivimos nuestro propio ostracismo a la inversa. No exiliamos a los que concentran demasiado poder. Los reciclamos.

Los mismos que ya fueron diputados, senadores, luego secretarios, luego presidentes de Congresos quieren volver en diferentes posiciones políticas, como si los espacios públicos fuera una sala de espera donde uno se sienta hasta que le toque otra vez.

En Atenas el ostracismo era un mecanismo para decirle al poderoso: “Ya fuiste demasiado”.

En Sinaloa, el mecanismo es al revés: es decirle al poderoso: “¿Dónde más te acomodamos?”.

Por eso no hay relevo. Hay reciclaje.

Y aquí está la lección que Atenas nos dejó y que no hemos querido aprender en Culiacán: cuando un político se vuelve indispensable, se vuelve peligroso.

No porque sea un tirano, sino porque cierra la puerta a los que vienen atrás.

No se necesita salvadores que ya salvaron a todos menos a su población.

No necesita voces que ya defendieron todo menos a su gente. Necesita lo que Atenas buscaba con el ostracismo: aire.

Necesita caras nuevas que no lleguen con el colmillo de saber cómo se maneja el Congreso, sino con la energía de saber cómo se sufre una colonia sin agua.

En Atenas, el pueblo tenía el valor de exiliar a sus héroes.

En Sinaloa, tenemos el reto de no tener que exiliar a nadie, simplemente dejar de votar por los mismos.

Porque no es relevo si son los mismos de siempre. Eso no es un relevo. Es reciclaje.

Abogado por la Escuela Libre de Derecho de Sinaloa y Maestria en Gestion y Politicas Publicas.

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