¡AVANTI POPOLO! EL TERMÓMETRO SOCIAL

El campo sinaloense tampoco se deja evaluar con discursos optimistas.

De los instrumentos para medir el tiempo y de los fenómenos atmosféricos, a los que sirven también de herramienta para entender al conjunto social.

La medicina recomienda el termómetro para conocer la temperatura del cuerpo; la meteorología utiliza el pluviómetro para medir la lluvia.

A nadie se le ocurriría diagnosticar una pulmonía mirando el cielo, ni calcular la precipitación de una tormenta poniendo un termómetro en la azotea. Cada fenómeno tiene su instrumento y cada instrumento, su utilidad.

En política, sin embargo, tenemos la curiosa costumbre de medirlo todo con la misma regla: la declaración del funcionario, la encuesta que nos favorece, el aplauso de los nuestros o la rechifla de los adversarios.

Con semejante instrumental, cualquier gobierno puede presumir de buena salud mientras el paciente pide una ambulancia.

El problema se complica cuando confundimos el termómetro con el médico, la cifra con el diagnóstico y el discurso con el tratamiento. Porque una cosa es saber cuántos grados marca el aparato y otra muy distinta descubrir por qué tenemos fiebre.

El periodismo de opinión debería ayudarnos precisamente a hacer esa distinción.

No basta con registrar lo que sucede; hay que averiguar qué significa, a quién afecta, qué lo explica y qué alternativas existen.

Dicho de otro modo: la noticia nos informa de lo ocurrido; el contexto nos ayuda a comprender por qué ocurrió y sugiere lo qué podría suceder después.

Sinaloa ofrece, por estos días, material suficiente para montar un laboratorio de observación social.

No hace falta inventar síntomas:

Ahí están la violencia que alcanza las calles y los centros penitenciarios, las madres buscadoras que reclaman atención, los vecinos que exigen servicios públicos elementales, los productores que hacen cuentas sin encontrar la rentabilidad y los partidos que comienzan a acomodar sus piezas rumbo a 2027.

Cada asunto merece su propio instrumento de medición.

El número de homicidios ayuda a conocer la dimensión de la violencia; las denuncias y los testimonios permiten observar sus consecuencias; la investigación judicial debería contribuir a esclarecer responsabilidades.

Pero ninguna cifra, por sí sola, explica toda la crisis. Para eso hacen falta antecedentes, comparaciones, instituciones que rindan cuentas y una pregunta que no siempre resulta cómoda: ¿qué se está haciendo para corregir el problema?

En materia de seguridad, por ejemplo, la presencia de fuerzas armadas y corporaciones policiales es un dato. Su eficacia es otro.

Contar patrullas no equivale a contar resultados, como tampoco inaugurar una estrategia demuestra que ésta funciona y por cuánto tiempo.

Si la violencia persiste, el análisis es el responsable de examinar los objetivos, los recursos, la coordinación y los resultados, sin confundir la crítica con una sentencia anticipada.

El mismo principio sirve para las cárceles.

Después de los hechos mortales registrados en el penal de El Castillo, en Mazatlán, anunciar la construcción de un nuevo centro penitenciario —que tardará tres años y en el ínterin qué— puede formar parte de una solución.

Pero el anuncio no responde, por sí mismo, a las preguntas sobre la vigilancia, el ingreso de armas, el control interno y la protección de las personas privadas de la libertad y sus familias.

Una obra nueva puede ampliar la capacidad del sistema; pero no sustituye la obligación de hacer funcionar el que ya existe.

En los servicios públicos encontramos otro termómetro bastante menos sofisticado, pero muy eficaz: la vida cotidiana.

Si el camión de la basura no pasa, las lámparas no encienden y las calles se convierten en una carrera de obstáculos, el ciudadano no necesita un seminario de administración municipal para identificar el problema.

En Costa Rica, las demandas vecinales descritas en la prensa apuntan justamente a esa distancia entre el gobierno y las necesidades elementales de la población.

Ocho camiones en el inventario y apenas dos en operación, según lo denunciado por los vecinos, constituyen una señal que merece explicación.

¿Falta dinero, mantenimiento, organización o capacidad de gestión? Cada posibilidad conduce a una solución diferente.

Repetir que no hay recursos puede describir una limitación, pero todavía no constituye un plan de trabajo.

Y del caso de la sindicatura de Tepuche mejor no hablaremos, porque entendemos lo delicado del asunto y sabemos que se cuece aparte.

El campo sinaloense tampoco se deja evaluar con discursos optimistas.

Al productor le interesan los costos de los insumos, el precio de venta, el financiamiento, el agua y la posibilidad de recuperar lo invertido.

Si los números no cuadran, la retórica no los corrige.

Y si una actividad económica pierde rentabilidad, sus consecuencias no se quedan encerradas en la parcela:

Alcanzan el empleo, el comercio, las familias y la economía regional.

Luego aparece la política electoral, que posee sus propios aparatos de medición: encuestas, porcentajes de aprobación, intención de voto, estructuras territoriales y presencia en redes sociales.

Todos pueden aportar información, siempre que sepamos qué mide cada uno y cuáles son sus límites.

El rechazo a una designación partidista, por ejemplo, no equivale automáticamente a una intención de voto en contra.

Pero la popularidad digital tampoco garantiza votos en las urnas.

Y una fotografía de unidad tampoco demuestra que las diferencias hayan desaparecido.

En política, como en meteorología, confundir una señal con el fenómeno completo puede llevarnos a pronosticar un día soleado justo antes del aguacero.

Por eso conviene observar los movimientos rumbo a 2027 sin convertir las aspiraciones de unos en victorias anticipadas; ni los tropiezos de otros en derrotas definitivas.

Las alianzas, los cambios de partido y las negociaciones por candidaturas revelan intereses y relaciones de fuerza política, su verdadero alcance se conocerá al examinar los acuerdos, la conducta de los actores y la respuesta de los electores.

El trabajo de una columna no consiste en repartir certificados de buena conducta ni en redactar actas de defunción política antes de tiempo. Consiste en relacionar los hechos, someter las declaraciones a comprobación, distinguir lo documentado de lo supuesto y plantear preguntas que permitan al lector formarse un juicio propio.

También exige reconocer lo que no sabemos.

Si una cifra carece de metodología pública, hay que advertirlo. Si una acusación no está probada, no debe presentarse como hecho.

Si una autoridad anuncia una medida, corresponde seguir su cumplimiento.

Y si los resultados contradicen el discurso, la obligación periodística es señalar la discrepancia, no buscarle acomodo al termómetro.

El contexto, en suma, no es nada más carnita para engordar las columnas.

Es el instrumento que permite relacionar los síntomas, reconocer las causas posibles y evaluar las respuestas.

Sin él, la información queda reducida a una sucesión de acontecimientos; con él, puede convertirse en conocimiento útil para la sociedad.

Naturalmente, el periodista no dispone de una máquina capaz de resolver los problemas que describe.

No repara una patrulla, no recoge la basura, no detiene a un delincuente ni garantiza el precio del maíz.

Pero puede hacer algo que tampoco es poca cosa: ayudar a que la ciudadanía sepa qué ocurre, qué se ha intentado, qué falta por hacer y quién debe rendir cuentas.

Al final, un termómetro no cura la fiebre y un pluviómetro no desvía un ciclón.

Su mérito consiste en advertirnos de una realidad que sería imprudente ignorar.

Con el periodismo sucede algo parecido: no reemplaza al gobierno ni a la sociedad, pero puede ofrecerles mejores elementos para decidir.

Y aquí viene la parte incómoda: cuando el instrumento señala una temperatura inconveniente, romperlo no mejora la salud del paciente. Descalificar al mensajero tampoco modifica la realidad que comunica.

Una sociedad bien informada no es la que recibe las noticias que desea escuchar, sino la que dispone de elementos para distinguir entre lo que ocurre, lo que se dice que ocurre y lo que todavía necesita demostrar que ocurrió.

Porque, cuando el termómetro marca fiebre, lo sensato no es discutir con el mercurio. Es averiguar qué la provoca, encontrar el tratamiento y vigilar que funcione.

En periodismo, como en medicina, el diagnóstico puede incomodar. Lo verdaderamente peligroso es prescindir de él.

Jfa_ot@hotmail.com

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