Hay algo que el aplauso final suele esconder.
Cuando las luces se encienden y los actores abandonan el escenario, el espectador puede marcharse pensando que la obra terminó.
Para quienes hicieron posible la función, apenas es terminar una representación.
El trabajo continúa, porque el teatro —particularmente el teatro independiente— no empieza cuando se abre el telón ni termina cuando éste cae.
Y aquí es donde conviene detener la mirada en el Grupo Independiente de Teatro Roca.
Sentencia Conyugal no llegó al Teatro MIA por generación espontánea.
Detrás de aquella función hubo ensayos, preparación actoral, construcción de personajes y una dirección que tuvo que ordenar emociones suficientemente intensas como para que no terminaran desbordando la escena.
La propia compañía explicó, antes de sus primeras funciones, que el montaje había requerido aproximadamente dos o tres meses de preparación, precisamente por la carga emocional de los personajes.
Eso se nota.
Y se nota particularmente en Ángel Maquisa.
Un personaje que no puede resolverse con una sola actitud. Tiene que transitar de la dependencia a la frustración, del sometimiento al resentimiento y de éste a una conducta que modifica por completo el sentido de la historia, para poder decirnos sin palabras, quién es él.
El actor no solamente tiene que representar lo que Ángel siente y dice: debe hacer visible aquello que el personaje siente y calla.
Y allí es donde aparece uno de los retos mayores de esta puesta en escena.
Porque el texto puede proporcionar el diálogo, pero el actor proporciona el cuerpo, la pausa, la mirada, el silencio y esas pequeñas modificaciones en la gesticulación es lo que permite al público advertir que algo se está quebrando dentro del personaje.
Lo mismo ocurre con Paula.
La esposa no podía ser simplemente “la mujer que siempre reclama”.
Más allá del origen de su infancia, ella carga sobre sus hombros una historia personal y profesional que nos ayudará a entender y explicar su transformación.
La información difundida por la propia producción, señala que el personaje atraviesa un proceso de superación profesional mientras su marido permanece estancado, y es una diferencia que se convierte en uno de los motores del conflicto.
Ahí la obra deja de ser solamente una discusión matrimonial.
Y se convierte en una historia sobre dos personas que dejaron de crecer en la misma dirección.
Y después está Mercedes.
La suegra.
Ese personaje que corre el riesgo de convertirse en caricatura, pero que necesita suficiente fuerza escénica para explicar por qué su presencia pesa tanto sobre el matrimonio.
En el talento de una actriz menor, Mercedes podría haberse quedado en la simple madre entrometida.
Pero aquí funciona como algo mucho más incómodo: ella encarna una forma de poder familiar en disputa.
Y entonces comenzamos a entender que el verdadero protagonista de Sentencia Conyugal quizá no sea ninguno de los personajes.
Porque es el poder familiar en disputa, el gran protagonista personalizado.
Es la motivación por establecer quién manda. Quién decide. Quién cede. Quién manipula. Quién permanece. Quién se va.
Y quien se queda.
Y, sobre todo: quién es él que consigue convertir sus frustraciones en una sentencia contra los demás.
Eso también explica la participación del abogado y de la fiscal. No son simples personajes auxiliares.
Funcionan como mecanismos externos de racionalización de un conflicto, que, en realidad, nació dentro de la intimidad marital.
Por eso la dirección de Malú Morales, requirió de una combinación de talento, madurez, visión artística, maestría y liderazgo, para despertar, dirigir y mantener en acción todos esos elementos dentro de una misma partitura escénica.
Y aquí, hay que reconocerle algo importante.
La obra no fue concebida como una pieza de entretenimiento ligero.
La propia Malú Morales nos ha explicado que ella entiende:
“El teatro como un espejo de la vida y que su intención es provocar la identificación y la reflexión en el espectador”.
La función que presenciamos parece darle la razón.
El público se involucró.
Pero hay una diferencia entre conseguir que el público mire y conseguir que el público se reconozca.
Roca consiguió lo segundo.
Y ésa es una distinción importante.
Porque una compañía independiente no tiene detrás, necesariamente, la maquinaria de las grandes producciones.
Tiene actores, directora, técnicos, ensayos, voluntad y, sobre todo, la convicción de que todavía vale la pena reunir personas en una sala para contarles una historia.
Roca ya había transitado por terrenos dramáticos de fuerte contenido social.
En 2025 presentó Las extrañas maravillosas de Ramón Perea, dentro del Festival Cultural Sinaloa, una obra centrada en la violencia contra las mujeres.
Eso permite observar en ella una línea de trabajo.
No parece tratarse únicamente de montar una obra para llenar una fecha del calendario.
Hay una elección temática: conflictos humanos, relaciones familiares, violencia, desigualdad, decisiones y consecuencias.
Es decir, ella produce un teatro que pretende dejar algo después del aplauso.
Y aquí aparece la parte que más me interesa como espectador.
El Grupo Roca no necesita que ningún cronista le perdone sus imperfecciones.
Necesita, como cualquier compañía que se toma en serio su oficio, que alguien los mire con atención y entienda él mensaje cultural.
Que se señalen sus aciertos. Que se adviertan sus zonas débiles.
Que se diga cuándo un actor consiguió atrapar al personaje y fundirse en él, cuándo una escena le exigió y él pudo sacar a relucir la fuerza y el protagonismo.
Porque la crítica teatral, cuando es honesta, no es enemiga del teatro.
Es parte del teatro.
Porque el aplauso confirma que algo ocurrió.
La crítica intenta averiguar por qué y cómo ocurrió.
En el caso de Sentencia Conyugal una cosa parece clarisima:
El Grupo Independiente de Teatro Roca consiguió que una obra escrita por Fernando Sánchez Máyans; se encontrara con un público dispuesto a escucharla, discutirla y —en algunos momentos— hasta pelearse con ella.
Eso no es poca cosa. Es talento y expertiz unidos en juego sobre el escenario.
En una ciudad que celebra 495 años de historia, quizá uno de los mejores signos de vitalidad cultural sea precisamente éste: que todavía existan grupos que se atrevan a levantar el telón, ocupar un escenario y decirle al público:
Señoras y señores; mírese usted mismo.
Después podrán venir las risas. Los reclamos. Los aplausos. Las diferencias. Hasta los juicios.
Pero primero hay que tener el valor de encender las luces.
Y eso, en la función, de aquella noche: lo hizo Teatro Roca.









