El TATA

Ese viejo alcahuete, socarrón y taimado; el mismo que un día encaprichado en conseguir los favores de una mujer.
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Hospital IMSS HORIZONTAL

Sabas Figueroa Rendón*1880+1967

Fue nacido, criado y amamantado; muerto y sepultado el camposanto de un caserío enclavado a media sierra madre occidental; llamado Carrizalejo: tan bonito y tan alegre; cómo todos los ranchitos que por décadas sobreviven ahí, colgados de los cerros, al bordo de los barrancos y de las quebradas; y que de repente se te aparecen, o te topas con ellos al llegar a las cumbres de los portezuelos, o en las vueltas, escondidos en los recodos del viejo camino real; ese que ya te lleva o que ya te trae de Surutato; el más encumbrado de los pueblos de aquella comarca; que pertenece al más bronco de los municipio del estado de Sinaloa.

Ese viejo alcahuete, socarrón y taimado; él mismo que un día encaprichado en conseguir los favores de una mujer; se atrevió a: “dar el corazón del toro barroso por un culo hermoso”; ese viejo fue mi Tata, cómo es costumbre llamar a los abuelos por acá y para quién yo fui “El Pepo” su nieto consentido; apodo que él me impuso, como una puntada más, que salían de sus ocurrencias. Porque así era él; en su interminable afán por ser jocoso: motejaba a todo aquel que tenía la suerte o la desgracia de cruzarse en su camino.

Fue un gran conversador que habitualmente, comenzaba sus largas y detalladas “platiconas” o sus retahílas con la misma muletilla: “Mire usté mi amigo”

Y bueno, mire mi usté mi amigo Don Héctor:

Cuánto agradezco que me lo refieran mis amigos; su recuerdo es para mí un deleite, que sólo podría superarlo; la hipotética   reencarnación de su espíritu y su más improbable aún; regreso a éste mismo sitio de la tierra, de donde se marchó; hace ya más de medio siglo.

De cualquier manera yo te agradezco que me lo recuerdes.

Ya me parece estar  escuchando una charla entre ustedes dos:

Porque lo menos que podría resultar de ese encuentro surrealista; sería un simpático intercambio entre dos grandes de la fábula; entre dos grandes y eternos granujas de la imaginación.

Mire usté mi amigo Don Hétor; allá por la cañada de “las cuichis”, desde onde se devisa muy clarito “El cerro de la lista blanca”; tan patente a la vista de cualquier lebrón, que por sus meros tanates se anime a meterse en aquel breñal, lo mismo que, pá cualesquier huido; o atrabancado que se anime a treparse más pá arribita; a sembrar la solfia o adormidera como algunos la llaman; siempre, siempre, levantará muy buena cosecha.

Porque allí ni los Guachos, ni “la cordada” ni naiden, por muy “Saurino” que pudiera ser, le encontraría su sembradío; porque mire usté; primeramente:

En esos lugares, el breñal es muy espeso, a luego, en segunda; se los puede comer la onza; ¡hay nanita! Que pelón está el cochi pá que se animen a perderse entre ese breñal y aparte; fíjese usté muy bien en lo que yo le digo:

“Allí nacen, y crecen abundantes el chiquelite y la cacaragua; y esas yerbas tiene un aroma igual a la goma de las amapolas; y así ellas se pierden entre aquellos olores tan parecidos.

Lo único que si le aseguro Don: es que la solfia tiene su tiempecito en que florea y entonces sí, se divisa el manchón rojo desde lejos y astas las cuichis y otros pájaros saben dónde está la yerbita. 

Y cuando llega al tiempo del floreo; entonces se pone tan bonita como un vergel y hasta entonces se sabe bien a bien; que tan buena se va poner la cosecha; y entre unos poquitos días  más, cuando las flores se caen: ¡es un encanto ver aquel “bolerío” coronando las puntas de las matas.

Son miles y miles de bellotas tiernitas primero y, que van sazonando después y poniéndose jugosas; y cuando ya están listas pá rayarlas: uno se alista con las “gurbias”, bien filosas, hirientes pero tan finitas, que apenas si rasguen la piel y capaz de sacar sangre sin dolor; porque así de delicado es el trabajo de rayar las bellotas; se rayan en forma de espiral, o con giros en redondel.

Nomás hay que esperar a que caliente el sol de la mañana y entonces le cae uno como si fuera una Avispa o como si fuera Tábano sobre el plantío; y a puro herir bellotas no vamos.

¡Rápido una tras otra porque son muchísimas, son miles y más miles.

Pero fíjese usté muy bien; que cada día, nomás vamos a rayar un mil o dos mil bellotas cada mañana; pa darles tiempo de que lloren sus lagrimitas de cristal, y pá que nos alcance el tiempo de juntarlas en la envoltura de celofán de las cigarreras y llevarlas a guardar en lo más fresco del barranco: pá que aguanten hechas melcocha y que no se vayan a derretir. Y así la vamos juntando, hasta que la cosecha se termina.

Entonces; uno arranca las matas y las quema. Nomás va dejando las que escogió pá sacar semilla. Las que dejó pá que se maduren las bellotas, las más bonitas, esas, las misma que desde el prencipio escogió usté pá semilla.

Y a luego que ya terminó usté de rayar; y de juntar su goma; con su buen guato, bien limpiecito de cualquier basurita: se da usté un tiempecito y se va caminando pá allá abajo, por entre el monte de bainoros, de choya y de güinolos, mas pá allá del breñal; hasta que se topa con los mezquitales y allí junta una poquita de goma de mezquite, de la más oscurita, de la más bonita.

Y se la trae, porque esa le va servir mucho, por si acaso el enviado que viene por la “negra” se llegara a tardar; y usté se mira en la necesidad de vender más barato; pues entonces le hecha un cortesito con la goma de mezquite pá que le rinda un poquitos más; al cabo que no desmerece y al cocinarla se pierde en la merma que es de rigor y al final cuando pasa por el molino; se esponja igual de bonito; y el que es cocinero, aunque lo sepa; se aguanta porque ya está acostumbrado.

Pero el enviado del “señor”, ese mensajero ha de venir; y ya luego que apareció, que vino por ella y usté se la entrego; y a  luego que salieron bien las cuentas; que entre él debe y él haber todo ha quedado claro; y que él, le hace entregó del dinerito que le trujo y que usté le entregó la “melcocha”… así que ya que le azotó con la marmaja; entonces, usté ya sintiéndose bien contento y florecido:

No le queda  otra que ir a rendirle cuentas a su vieja.

Y ya que  hubieron pasado esos trances, tan necesario el uno como el otro, entonces sí; usté se junta con una Damajuana de mezcal y se devuelve pal cerro. Porque allá lo están esperando las matitas que dejó pá sacar la semilla de la temporada que viene.

Y mire Don Hétor: échese otro pajuelazo pá que no le dé flojera seguir oyendo está platica le estoy haciendo; y usté sabrá, yo nomás le cuento pá que sepa, cómo es que uno se gana la vida por aquí.

Y mire mí amigo; usté que es hombre letrado; aunque nunca se haya tallado el lomo en estos menesteres; de la siembra de la adormidera; yo estoy bien seguro que sí sabe de los placeres de la buena bebida y de la buena fumada.

Bueno pues, cuando esté usted de vuelta allá arriba en el cerro, ya sin ninguna prisa: y se meta de nuevo entre el breñal y busque por dónde esté su parcelita y, luego lueguito se encuentra con lo que anda buscando: allí estarán sus matitas ya casi secas y usté las acaricia y las enamora cantándoles muy despacito, “amapolaaa,  lindísima Amapola”…

Y las va arrancando de a una por una y se las lleva abrazadas hasta el Pajarete que le sirve de escondrijo y de jacal, y ahí mismo se pone y las espulga, y las desmenuza; y aparta las bellotas con las semillas y las guarda en su morral, y con las hojitas secas de las matitas, hace un picadillo bien finito con el machete y lo pone a orear hasta que  lo tueste el sol; y allí por un ladito, donde usté se acomode mejor; mientras que el sol hace su trabajo:

Usté como no queriendo la cosa; saca su bolsita de tabaco y unas hojitas de maíz tiernito y revuelve el tabaco con el picadillo de las hojas amapolas; y sin ningún apuro, con paciencia; va mojando la hoja de maíz tierno a lengüetazo limpio y se va forjando un buen carrufo de chutama; y cuando ya esté listo; le da fuego con un tizón, y le pega el primero y el segundo golpe arrebiatados; y se aguanta la respiración; así, bien sostenida sin toser y mirando pal cielo; poco a poco va dejando escapar el aliento con mucha suavidad…

Y ya sin apuro se empuja un buen trago de mezcal. Así “batiéndose el parche” usté solito; se lo va fumando todo, se lo va tomando sin prisa, así nomás porque sí, y ya bien envenenado, se queda quieto, mirando a lo lejos y ‘’echando los cartabones’’…

Un de repente, sin quererlo y sin poder evitarlo; se sale uno de sus propios pensamientos y poco a poco le va entrando un gusto por todo lo que sus ojos miran; y todo le parece tan bonito y ¡hay señor!

La orejas le sirven de bocina a una música lenta, grave como de trombones, suaves, acompasados y esperanzadores; que lo hacen sentir a uno muchas ganas de bailar, y, se levanta, y sin soltar el porro, se pone a bailar haciendo un remolino largo y una tatahuila que termina dando brinquitos de pie juntillas y gritando con mucha alegría. ¡”ay ay ay ay, pero que bonita es esta pinche vida”!

IMSS-BIEN 728
Big Bang Fondo Negro

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