Sinaloa enfrenta una etapa que exige algo más que discursos y diferencias políticas: exige la capacidad de volver a construir confianza.
Confianza entre sociedad y gobierno, entre los distintos actores políticos y, sobre todo, confianza en que el futuro puede ser mejor si existe voluntad para trabajar en una misma dirección.
La política no puede reducirse a la confrontación permanente.
En una sociedad que enfrenta dificultades económicas, problemas de seguridad pública y deficiencias en servicios básicos, el diálogo político deja de ser una cortesía y se convierte en una necesidad.
Sinaloa necesita recuperar la capacidad de escucharse.
El primer gran reto es la economía. La incertidumbre afecta a empresarios, comerciantes, trabajadores y familias.
Recuperar la actividad económica requiere generar condiciones para la inversión, apoyar a quienes producen y emprenden, fortalecer el empleo y aprovechar las capacidades productivas del estado.
Una economía dinámica no se construye únicamente desde las oficinas gubernamentales; requiere la participación coordinada de gobierno, sector privado, trabajadores, universidades y sociedad civil.
El segundo desafío es la seguridad pública. No puede existir desarrollo cuando las familias viven con temor o cuando las actividades económicas se ven afectadas por la inseguridad.
La seguridad debe abordarse con instituciones profesionales, prevención, inteligencia, coordinación entre autoridades y atención a las causas sociales que generan violencia.
Pero también debe existir una condición indispensable: que la sociedad vuelva a confiar en sus instituciones.
Y está también la vida cotidiana. Los servicios básicos son una expresión concreta de la calidad del gobierno.
El agua potable, el alumbrado público, la recolección de basura, las calles en buenas condiciones, el transporte y los servicios de salud no son asuntos menores.
Son los problemas que la ciudadanía enfrenta todos los días y sobre los cuales mide, en buena medida, la eficacia de las instituciones.
Por eso, hablar de un futuro común para Sinaloa significa dejar de pensar solamente en los próximos procesos electorales y comenzar a pensar en los próximos diez o veinte años.
El diálogo político debe recuperar su valor. Dialogar no significa renunciar a las convicciones ni dejar de señalar errores.
Significa entender que quienes piensan diferente también forman parte de la solución.
Una democracia madura no elimina las diferencias; aprende a procesarlas mediante acuerdos, instituciones y responsabilidad pública.
Sinaloa necesita una nueva etapa de acuerdos: acuerdos para recuperar la economía, para fortalecer la seguridad, para mejorar los servicios públicos y para generar oportunidades para las nuevas generaciones.
El estado no puede construirse desde la división permanente. Tampoco desde la indiferencia.
Reconstruir la confianza debe ser una tarea colectiva.
Gobierno, oposición, empresarios, trabajadores, universidades, organizaciones sociales y ciudadanos tienen responsabilidades distintas, pero comparten un mismo territorio y, por encima de cualquier diferencia política, comparten un mismo futuro.
La verdadera política comienza cuando dejamos de preguntarnos quién gana la próxima elección y empezamos a preguntarnos qué Sinaloa queremos dejar a quienes vienen después.
Ese debe ser el punto de partida: volver a dialogar, volver a confiar y volver a construir juntos.
Abogado por Escuela Libre de Derecho de Sinaloa
Maestria en Gestion y Politica Publica-UAdeO











