¡AVANTI POPOLO! LA PARADOJA MEXICANA

La economía mexicana exhibe una paradoja
LIC PERMANENTE ENTRADA

Exportar mucho y crecer poco, es como un tren con los vagones desenganchados de la locomotora…

Por décadas, México ha sido presentado como uno de los casos más exitosos de integración económica al mercado global.

Las cifras parecen respaldar esa afirmación: exportaciones récord, inversión extranjera constante, una ubicación geográfica privilegiada y acceso preferencial al mercado más grande del planeta.

Bajo esa lógica, deberíamos encontrarnos en la antesala de la prosperidad.

Sin embargo, la realidad cuenta otra historia.

La economía mexicana exhibe una paradoja que los indicadores agregados suelen ocultar:

Exportamos más que nunca, pero crecemos menos de lo que necesitamos; atraemos capitales, pero no logramos transformar ese dinamismo en bienestar generalizado; somos una potencia manufacturera regional y, al mismo tiempo, una nación donde millones de personas continúan atrapadas en actividades de baja productividad.

La explicación convencional suele buscar culpables inmediatos.

Unos responsabilizan a las políticas neoliberales implementadas desde finales del siglo pasado; otros atribuyen el problema a las decisiones de los gobiernos de la Cuarta Transformación.

Ambas interpretaciones contienen elementos de verdad, pero resultan insuficientes. El fenómeno parece ser más profundo y más antiguo.

La apertura comercial convirtió a determinados sectores en locomotoras de crecimiento.

La industria automotriz, electrónica, aeroespacial y ciertas ramas agroexportadoras se integraron exitosamente a las cadenas globales de valor.

No obstante, dichas locomotoras arrastraron apenas unos cuantos vagones de un tren económico mucho más largo y complejo.

Mientras algunas regiones del país se incorporaban a la economía global, amplios sectores productivos permanecían desconectados de esa dinámica.

Miles de pequeñas y medianas empresas no lograron integrarse a las cadenas de suministro. La agricultura orientada al mercado interno perdió competitividad.

Diversas industrias tradicionales fueron desplazadas por importaciones más baratas.

El resultado fue una economía dual: moderna y competitiva en algunos segmentos, rezagada y vulnerable en muchos otros.

En términos históricos, el problema se vuelve más evidente.

Después del impulso inicial que siguió a la liberalización comercial, las tasas de crecimiento comenzaron a disminuir hasta estabilizarse en niveles insuficientes para transformar estructuralmente al país.

En promedio, México ha transitado buena parte de las últimas tres décadas entre el crecimiento mediocre y el estancamiento relativo.

Lo más preocupante es que esta situación no constituye una anomalía exclusivamente mexicana. En numerosos países, la globalización produjo grandes ganadores y amplias zonas rezagadas.

La diferencia radica en que algunas naciones complementaron la apertura con políticas industriales activas, mecanismos de financiamiento productivo y estrategias deliberadas para fortalecer proveedores nacionales.

México, en cambio, confió durante demasiado tiempo en que el mercado construiría por sí solo esos encadenamientos.

La administración de Andrés Manuel López Obrador intentó enfrentar parcialmente el problema mediante una expansión del consumo popular.

El incremento salarial, las transferencias sociales y los programas de apoyo mejoraron el ingreso disponible de millones de familias.

Sin embargo, una parte considerable de ese nuevo poder de compra terminó alimentando cadenas comerciales abastecidas por mercancías importadas.

El consumo creció, pero la producción nacional no siempre lo hizo en la misma proporción.

La lección es importante.

Ni la apertura comercial por sí sola ni la expansión del consumo interno son suficientes para desencadenar un ciclo sostenido de crecimiento.

Entre ambos extremos existe una pieza faltante:

Es la construcción de cadenas productivas nacionales capaces de conectar a miles de pequeños y medianos productores con los sectores más dinámicos de la economía; activando a la par del motor del consumo, tantas cadenas de distribución como el mercado sea capaz de demandar…

Allí parece encontrarse uno de los grandes desafíos del llamado Plan México impulsado por el gobierno de Claudia Sheinbaum.

El objetivo no debería limitarse a atraer más inversiones o aumentar exportaciones, sino a incrementar [ojo] el contenido nacional de aquello que producimos y consumimos.

Dicho de otra manera: transformar la presencia de México en la economía global en una oportunidad para expandir las empresas mexicanas.

Ello supone una combinación inteligente de los instrumentos:                                                                         

Crédito productivo accesible, incentivos temporales, infraestructura estratégica, simplificación regulatoria, fortalecimiento energético y mecanismos de vinculación entre las grandes empresas y los proveedores locales.               

No se trata de sustituir al mercado, sino de corregir las fallas que durante décadas impidieron la formación de eslabones productivos sólidos.                                                                                                                                           

Sin embargo, ningún programa económico prosperará plenamente sin la confianza institucional.                                      

El capital busca rentabilidad, pero también certidumbre.                                                                                             

Las inversiones de largo plazo requieren reglas claras, mecanismos imparciales con resolución de las controversias y un marco jurídico capaz de ofrecer seguridad a todos los participantes.                                                                            

La confianza, al igual que la infraestructura, también forma parte del aparato productivo de una nación.

Porque la discusión más relevante para el futuro de México no es si debemos abrirnos o cerrarnos al mundo.

Esa batalla pertenece al siglo pasado.

La verdadera pregunta consiste en determinar en cómo convertir nuestra integración global a un proceso de desarrollo nacional incluyente.

Porque el problema de México no es la falta de trenes con buenas locomotoras.

Lo que nos sigue faltando es implementar los mecanismos que permitan que el resto del tren, los vagones, avancen a la misma velocidad con que avanza el progreso de la nación.

Porque mientras esa desconexión persista, continuaremos observando la misma paradoja:

Una economía capaz de conquistar los mercados internacionales, pero incapaz de traducir plenamente ese éxito en prosperidad compartida e incluyente.

Y es allí donde se encuentra la tarea económica más importante de nuestra generación.

jfa_ot@hotmail.com

LICENCIA PERM

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