¡AVANTI POPOLO! Estado fallido bajo presión imperial

Estados formalmente soberanos, pero materialmente condicionados.
LIC PERMANENTE ENTRADA

Muchos geo analistas sostienen que:

El problema no es estudiar la fragilidad estatal —que existe y puede medirse— sino convertir esa fragilidad en un certificado moral expedido a criterio de potencias como EE. UU., nación que también arrastra dentro de sí misma, profundas contradicciones estructurales y que hoy se proyecta al mundo como un estado renuente a admitir su decadencia.

La paradoja contemporánea es brutal.

Algunos de los países que más hablan de “Estados fallidos”  ellos mismos se enfrentan hoy a:

Crisis severas de desigualdad,  pobreza  con cinturones de miseria, captura corporativa, espionaje masivo dentro y fuera, polarización política  extrema, desinformación industrial, y un deterioro institucional creciente.

Pero rara vez son descritos con la misma terminología. ¿Por qué?

Porque el concepto no solo mide capacidades estatales.

También mide la correlación de poderes internacionales.

Entonces quizá la formulación más rigurosa no debiera ser:
¿Qué tal o cuál país es un “Estado fallido?”

Sino“¿Qué tan funcional sigue siendo el Estado para garantizar soberanía, legitimidad y gobernabilidad… y quién está interesado en declarar lo contrario?”

Ahí aparece la estrella en medio de la borrasca.

Porque el debate serio no consiste en negar que existen problemas reales —violencia, corrupción, impunidad, desigualdad— sino en cómo evitar que las categorías geopolíticas complejas sean reducidas a propaganda binaria.

Un Estado puede ser: débil en algunas regiones, parcialmente capturados por intereses criminales, profundamente desigual en otras, erosionado institucionalmente, o políticamente polarizado… sin haber desaparecido como Estado.

Y esas diferencias no son semánticas. Pueden ser estratégicas; como en las guerras del opio del siglo XIX. 

Cuando la potencia Inglaterra, tenía como objetivo crear adicción en el pueblo chino, o pueden ser propias de un estado en crisis como en la China de entonces.                                                                                         

Abuso comparable con la invasión punitiva de Estados Unidos contra la Venezuela de hoy; en la actual avanzada del poder imperial en América.

Porque entre “Estado con crisis” y “Estado fallido” hay un abismo conceptual.

Solo que en ese abismo suelen entrar:

Las sanciones internacionales, las intervenciones, la tutela extranjera, y la narrativa de incapacidad soberana.

Y todavía nos falta analizar una capa más profunda del problema:

La cuestión de la doble soberanía.

Porque la soberanía moderna no solo se juega hacia afuera.

También se libra hacia adentro.

Existe una soberanía externa:

Que es la capacidad de un Estado para resistir presiones, condicionamientos o subordinaciones de potencias extranjeras, corporaciones transnacionales, organismos financieros internacionales, aparatos de inteligencia o intereses geopolíticos ajenos a la voluntad nacional.

Y existe una soberanía interna:

Que es la capacidad real del Estado para imponerse sobre los poderes fácticos que le disputan el control efectivo de la sociedad desde dentro.

Allí es donde aparece una de las contradicciones centrales de los Estados contemporáneos.

Un país puede conservar su bandera, su himno, sus embajadas, sus elecciones y el reconocimiento internacional…

Y aun así, puede sufrir erosiones profundas de soberanía interna cuando amplias zonas de decisión pública son condicionadas, por:

El crimen organizado, el narcotráfico, los monopolios económicos, los oligopolios mediáticos, las corporaciones financieras, grupos paramilitares, cacicazgos regionales, los sindicatos capturados, o incluso por estructuras religiosas por su enorme influencia política y cultural.

A veces ocurre algo todavía más complejo:

Que es la fragmentación práctica de la autoridad. Formalmente puede estar gobernando el Estado. Pero paralelamente pueden estar negociando los poderes fácticos.

Y allí la definición clásica de soberanía comienza a resquebrajarse.                                                             

Sin embargo, aun en estos casos, el planteamiento no debe ser la desaparición del Estado.

Porque el monopolio legítimo de la fuerza del que hablaba Max Weber ya no se limita al uso de las armas.

Porque el Estado también incluye:

El monopolio de la información, la capacidad de la narrativa, el control del dinero, de la coerción económica, y hasta de la producción simbólica de legitimidad.

Por eso en muchos países contemporáneos el poder real aparece repartido en grupos mitad formales, mitad facticos, como si fueran archipiélagos.

Un gobierno puede controlar el aparato constitucional, mientras al mismo tiempo, en paralelo:

Los grupos criminales pueden estar controlando partes del territorio, y las  corporaciones condicionando algunas políticas públicas.                                                                                                                                                     

Las plataformas mediáticas estar moldeando las  percepciones colectivas y a la par; algo que es muy grave:

Actores extranjeros pueden estar influyendo en la toma de decisiones estratégicas mediante el financiamiento, con presión diplomática o con la participación directa de las agencias de inteligencia.

Así es como surge un fenómeno particularmente delicado:

Estados formalmente soberanos, pero materialmente condicionados.

Y esa tensión explica por qué algunos gobiernos viven atrapados entre dos fuegos:

La presión externa de las potencias que buscan alinear intereses geopolíticos, y la presión interna de poderes paralelos que erosionan la autoridad estatal desde abajo o desde dentro.

Todo esto en una obviedad, que hace necesario su franco, llano y directo señalamiento…

Continuará.

­jfa_ot@hotmail.com

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