¡AVANTI POPOLO! LA SINFÓNICA Y LA COLA DE DIABLO EN CATEDRAL

Porque en Culiacán hasta en los conciertos hay que revisar la letra pequeña

Culiacán celebró su 495 aniversario con música.

Y no cualquier música.

La Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Sinaloa llegó a Catedral y, por unas horas, consiguió que la ciudad se acordara de que también sabe escuchar cosas distintas a las sirenas, los rumores y las malas noticias.

Sonaron piezas de la época revolucionaria: La Adelita, La Marieta; después vino un recorrido por el folclor sinaloense con La Palma, El Muchacho Alegre y El Sinaloense.

Y, para que nadie dijera que faltó solemnidad, aparecieron el Huapango de Moncayo y el vals Sobre las olas de Juventino Rosas.

Todo muy bien.

Demasiado bien, quizá.

Porque en Culiacán hasta en los conciertos hay que revisar la letra pequeña.

Y entonces apareció el pelo en la sopa.

No estaba en la música. Estaba entre los asistentes.

Durante la ceremonia religiosa por el aniversario de la ciudad, Catedral recibió en primera fila; además de fieles, autoridades y músicos, a un viejo conocido de la política sinaloense y orgulloso miembro de “la orden”: Jesús Estrada Ferreiro.

Aquí comienza otra música.

Estrada Ferreiro fue alcalde de Culiacán por Morena y terminó fuera del cargo en medio de un conflicto político y jurídico cuya historia todavía se litiga en los tribunales.

Después cambió de camiseta partidista y en 2024 fue candidato del Partido del Trabajo al Senado.

El resultado electoral fue bastante menos espectacular que sus aspiraciones: 57,989 votos, —con la ayuda de todos los candidatos del PT— equivalentes al 4.8 por ciento de la votación.

No ganó.

Ni siquiera quedó entre los segundos lugares. Fue uno de los coleros.

El dato no necesita adjetivos. Tiene del testigo y la ventaja de que ya viene con los números.

Y los números, cuando son malos, tienen la mala costumbre de ser francos.

Ahora bien: una misa es una misa y una catedral es una catedral. Cualquier ciudadano puede entrar.

No hay ventanilla para solicitar permiso de acceso según la ideología, el partido o el número de votos obtenidos en una última elección.

Hasta ahí, ninguna objeción.

El asunto comienza cuando la presencia de ciertos personajes deja de ser solamente religiosa y empieza a adquirir significado político.

Porque las ceremonias públicas tienen una particularidad: además de lo que ocurre en el altar, está lo que ocurre alrededor.

Y en política, lo verdaderamente interesante suele estar alrededor.

La Iglesia Católica ha tenido una participación cada vez más visible en el debate público sinaloense.

El obispo J. J. Herrera Quiñónez ha convocado a marchar, ha hablado públicamente de paz, esperanza, honestidad de los servidores públicos, protección de la niñez y responsabilidad social.

Eso está documentado.

También es evidente que sectores ciudadanos vinculados con la Iglesia Católica han participado en manifestaciones y expresiones públicas relacionadas con la violencia que padece Culiacán.

Eso también forma parte del ambiente político.

Pero una cosa es que la Iglesia hable de la ciudad y otra, bastante distinta, que la Iglesia haya decidido adoptar un político huérfano de candidatura.

Entre ambas afirmaciones hay un trecho. Y conviene no brincárselo..

Porque la política mexicana, tiene una extraordinaria capacidad para producir matrimonios que nadie hubiera imaginado.

Partidos que durante décadas se juraron enemigos terminan compartiendo candidatura.

Ideologías que se consideraban incompatibles descubren de pronto las virtudes de la convivencia.

El PRI, el PAN, el PRD  y el Pas, ya nos ofrecieron una demostración histórica de que, llegado el momento, las diferencias doctrinarias pueden ser colocadas cuidadosamente en una caja y guardadas debajo de la cama.

La explicación suele ser sencilla: el poder tiene una memoria política muy selectiva.

Por eso resulta interesante observar lo que ocurre ahora.

Estrada Ferreiro fue elegido en 2018 bajo el impulso del movimiento Obradorista.

Después vino la ruptura, la salida del cargo, el cambio de partido y una candidatura  por el PT que terminó con menos de cinco por ciento de los votos, y en el proceso que ya está en marcha:

Estrada ha solicitado al Pan que le dé una candidatura a Gobernador u lo que sea.

Porque a pesar del  fracaso electoral, el personaje conserva la aspiración que la política mexicana conoce muy bien: Volver, volver, volver.

No importa por qué puerta.

La cuestión no es si Estrada Ferreiro tiene derecho a intentarlo. Naturalmente que lo tiene, mientras no sea inhabilitado legalmente.

La cuestión interesante es otra:

¿Cuánto pesa políticamente un candidato que recibió una respuesta electoral tan pequeña y por otro partido?

Ahí está la verdadera cola del diablo.

No en la Catedral por si misma. No en la sotana.

No en la masonería a la que se honra en pertenecer.

Ni siquiera en el concierto del festejo.

Está en la posibilidad de que una fotografía, —que lo muestra en primera fila— en una coincidencia de espacios y una suma de inconformidades terminen convirtiéndose, con el tiempo, en una operación electoral.

Eso todavía no es un hecho. Es una hipótesis.

Y entre una cosa y otra existe la misma distancia que hay entre escuchar El Sinaloense y creer que uno ya está en campaña.

La prudencia obliga a mirar. No a sentenciar.

Porque una cosa sí parece estar ocurriendo:

Culiacán atraviesa una coyuntura en la que la violencia, la inseguridad, el cansancio social y la pérdida de confianza están modificando el comportamiento político de la ciudad y la de sus personajes.

En ese ambiente, todos buscan algo.

La Iglesia busca paz y conservar feligreses.

El gobierno busca recuperar gobernabilidad.

La toda ciudadanía busca seguridad.

Los partidos buscan votos.

Y los políticos buscan desesperadamente candidaturas.

A veces incluso buscan candidatos que ya fueron candidatos y que, según las urnas, no tuvieron demasiado éxito.

Es ahí donde la política comienza a ponerse interesante. Y también un poco cómica.

Porque la historia electoral de México está llena de personajes que, después de ser despedidos por los electores, quieren regresar al poder como quien simplemente había salido al Starbucks por un café.

Quizá por eso convenga mirar con atención lo que ocurrió en Catedral.

No para escandalizarse porque un político entró a una iglesia.

Eso sería demasiado sencillo.

Tampoco para decir que la misa fue un mitin.

Sino para recordar que, en política, solo hay coincidencias.

Hasta que dejan de serlo.

Y cuando dejan de serlo, curiosamente a alguien que se olvidó avisarnos.

La misa terminó. La música también.

Pero la política, como siempre, entró y salió como Pedro por su casa.

Y esa sí parece haber repertorio para rato.

Jfa_ot@hotmail.com

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otras noticias
Lo más leído