¡AVANTI POPOLO! TERCER ACTO: AUTOPSIA DE UNA SENTENCIA CONYUGAL

Las luces se encendieron.

Toda obra que se presenta ante un público acepta, desde el momento en que se levanta el telón, un riesgo inevitable: ser observada.

No basta con que haya trabajo detrás del escenario. No basta con los ensayos, con el esfuerzo de los actores, con la voluntad de la directora ni con la buena disposición del público.

Al final, la obra tiene que defenderse sola.

Y ésa es precisamente la razón por la que vale la pena hacer una pequeña autopsia teatral de Sentencia Conyugal

No para encontrar errores ni culpables.

Mucho menos para dictar una condena.

Sino para saber qué funcionó, qué pudo tener mayor fuerza y por qué, al terminar la función, buena parte de la sala seguía hablando de lo que acababa de ver.

EL TEXTO: UNA TRAMPA QUE SE VA CERRANDO

Fernando Sánchez Máyans construyó una historia que comienza en un territorio reconocible: el desgaste de una pareja.

Nada extraordinario, aparentemente.

Una relación deteriorada, una esposa cansada, un marido atrapado entre sus propias limitaciones y la influencia de una madre que parece no aceptar que su hijo haya dejado de ser su niño.

Hasta ahí, podríamos estar ante otro drama doméstico.

Pero el texto introduce una operación teatral interesante: convierte el conflicto íntimo en un juicio.

Y entonces aparecen un abogado, un fiscal, y acusaciones, y argumentos y testimonios.

La casa se convierte en un tribunal de lo contencioso.

El matrimonio se convierte en un expediente.

Y los personajes terminan ocupando, simultáneamente, el lugar de acusados y de acusadores.

Ahí está una de las fortalezas de la obra.

Porque permite, sí; que el espectador deje de mirar únicamente una discusión matrimonial y comience a preguntarse algo más incómodo:

¿Quién tiene realmente la razón cuando una relación se ha convertido en una acumulación de agravios?

El problema es que ese mismo mecanismo exige mucho a la puesta en escena.

El tránsito entre drama familiar, humor, confrontación y estructura de juicio puede romper el ritmo, si no se sostiene con precisión.

Y ahí aparece el verdadero desafío de una obra como ésta:

Que el público no se salga emocionalmente de la historia cuando la historia cambia de registro.

En la función que presenciamos, una maquinaria logró mantenerse en marcha.

Precisamente porque algunos momentos alcanzaron una intensidad dramática considerable, porque hay escenas en las que uno puede imaginar, que, un poco más de contención habría producido giros todavía de mayor efecto en un público ya seducido.

Recordemos, que en teatro, no siempre gana quien grita más.

A veces gana quien sabe exactamente… cuándo dejar de gritar.

ÁNGEL: DEL MANDIL A LA SENTENCIA

Si hubiera que escoger el personaje que experimenta la transformación más desconcertante, sería Ángel Maquisa.

Y aquí está uno de los trabajos actorales más exigentes de la función.

Ángel comienza instalado en una posición de dependencia.

Es el hijo protegido.

El marido aparentemente descolocado.

Que intenta compensar su falta al deber paternal de proveedor, con otros aportes igual de importantes al desarrollo familiar: cocinando, limpiando la casa y manteniendo cada cosa en su lugar y cuidando el bien más preciado… los hijos.

Ese es el hombre que parece haber aceptado que otros decidan por él.

Pero que debajo de esa apariencia conformista, alberga resentimientos.

Y el resentimiento, cuando encuentra un detonador, puede cambiar la conducta de una persona.

Lo interesante del personaje es que nos permite observar esa metamorfosis.

Primero provoca cierta compasión. Después irritación. Luego incredulidad.

Y finalmente obliga al espectador a preguntarse cómo que llegó hasta allí.

La transformación es tan extrema que uno casi quisiera detener la escena y reclamarle:

“¡Hombre, por lo menos defiéndete antes de convertirte en el problema!”

Pero ése sería precisamente el error. Creer que él espectador debe corregir al personaje.

El espectador debe observar y aguantar callado, cómo el personaje se equivoca.

Y ahí está uno de los méritos de la construcción escénica de Ángel: su evolución no depende exclusivamente de lo que dice, sino de lo que vamos entendiendo sobre él.

PAULA: CUANDO TENER RAZÓN NO RESUELVE NADA

Paula tiene un problema teatral distinto.

Corre el riesgo de que el público la perciba únicamente como la esposa que reclama, exige, y abusa de Ángel.

Como la que se rebela contra la intromisión de su suegra y como la que se refocila poniéndole los cuernos al marido con el novio de la amiga.  

Pero su personaje tiene otra dimensión.

Paula está creciendo y Ángel no.

Y cuando dos personas dejan de avanzar en la misma dirección, el matrimonio puede convertirse en una especie de cuerda que ambos jalan desde extremos diferentes.

Paula representa para el público también una pregunta incómoda:

¿Hasta dónde puede una persona modificar sus expectativas sin traicionarse a sí misma?

Su conflicto no consiste únicamente en querer abandonar una relación deteriorada.

Consiste en descubrir que los acuerdos que alguna vez fueron suficientes, la realidad los rebasó.

Y eso vuelve más complejo su personaje.

Y también obliga a la actriz a evitar una salida fácil: convirtiendo a su personaje en víctima atrapada, que se rebela con todos los recursos a su alcance.

Porque si Ángel es culpable de muchas cosas, Paula no queda completamente fuera de foco ni exenta de culpa.

Y ahí la obra recupera su equilibrio.

No hay santos. Solo hay personajes.

MERCEDES: LA SUEGRA QUE PUDO SER CARICATURA

Y llegamos a Mercedes.

Aquí el teatro pisa terreno peligroso.

La suegra posesiva es uno de los personajes más conocidos de la comedia familiar. Es fácil exagerarla. Es fácil convertirla en una colección de gestos, frases y manías.

El riesgo es que deje de ser personaje y se vuelva estereotipo en escena.

Pero Mercedes funciona mejor cuando deja de ser simplemente “la suegra” y aparece como una mujer que intenta seguir ejerciendo el  poder familiar.

Quiere proteger. Quiere controlar. Quiere decidir.

Y, probablemente, cree que tiene razones para hacerlo. Eso la vuelve más interesante, pero también más incómoda.

Porque el problema no es que Mercedes quiera a su hijo.

El problema empieza cuando confunde quererlo con poseerlo.

Y ahí la obra toca una fibra familiar que trasciende la anécdota matrimonial.

Hay familias donde el amor también se administra.

Y cuando se administra demasiado, termina gobernando.

EL ABOGADO, LA FISCAL Y EL JUEZ SILENCIOSO

Son los personajes que representan el juicio y una función fundamental: sacar el conflicto de la sala doméstica y colocarlo frente al espectador.

La fiscal aporta fuerza.

El abogado introduce otra lectura.

Y el juez, precisamente por su silencio, permite que el público se convierta en jurado.

Ésa es una solución teatral eficaz porque evita entregar una sentencia prefabricada.

El público tiene que reflexionar, debatir y juzgar.

Y aquí, reconocer algo que durante la función resultó evidente: la sala participó emocionalmente.

Hubo identificación. Hubo risas. Hubo incomodidad.

Hubo esa clase de reacción que no se puede fabricar mediante un boletín de prensa.

Cuando un espectador empieza a contestarle mentalmente a un personaje, la obra ya consiguió entrar en su territorio.

En algún momento, yo mismo tuve que contener el impulso de gritarle a Ángel algo poco académico.

Mi esposa, con mejor criterio teatral —y probablemente matrimonial—, me exigió que guardara silencio.

Obedecí. El teatro también educa.

MALÚ MORALES: ORDENAR EL CAOS

Dirigir una obra como Sentencia Conyugal no consiste solamente en colocar actores sobre un escenario.

Consiste en impedir que el conflicto se desparrame.

Hay muchas emociones simultáneas: celos, resentimiento, dependencia, autoridad, frustración, cansancio, humor, acusaciones y violencia verbal.

Si todo se interpreta con la misma intensidad, nada termina teniendo intensidad.

Por eso la dirección de Malú Morales enfrenta un desafío particularmente delicado: administrar los contrastes.

Permitir que aparezca la comedia sin destruir el drama.

Permitir que el drama avance sin convertirlo todo en solemnidad.

Y llevar al espectador desde una situación que puede provocar risa hasta un desenlace que obliga a cambiar completamente el estado de ánimo.

Ésa es el arte del equilibrio escénico.

Y aunque la obra tiene momentos en los que podría beneficiarse de mayor respiración entre los golpes dramáticos, la dirección consiguió algo que es esencial:

La historia conservó su rumbo.

Y cuando una obra tiene varios registros, mantener el rumbo ya es una victoria escénica respetable.

EL RITMO: EL ENEMIGO INVISIBLE

Hay otro elemento que el público suele percibir sin saber cómo nombrarlo:

Es el ritmo.

Una obra puede tener buenos actores y un buen texto y, sin embargo, perder fuerza si una escena se prolonga más de lo necesario o si un cambio emocional llega demasiado pronto.

Sentencia Conyugal exige justamente ese cuidado.

El conflicto va creciendo hasta convertirse en una espiral.

Cada reproche abre otro reproche.

Cada acusación recupera una factura de agravios.

Cada personaje agrega una pieza al expediente.

Por momentos, esa acumulación produce tensión.

En otros, puede sentirse cercana al exceso.

Pero quizá ésa sea también la naturaleza de la historia que se está contando.

Cuando una relación se descompone durante años, nadie llega al juicio con una sola acusación. Llega con todo el archivo.

Y el archivo pesa.

EL VERDADERO JURADO

Al final, sin embargo, hay una pieza que no pertenece ni al autor ni a la directora ni a los actores.

Pertenece al público.

Y aquí está, quizá, la prueba más importante de la función.

La sala no permaneció indiferente.

Los espectadores rieron cuando encontraron algo reconocible.

Se incomodaron cuando el conflicto dejó de ser divertido.

Tomaron partido emocional por unos y contra otros.

Y probablemente cada quien salió con una sentencia diferente.

Eso significa que la obra consiguió algo que no se puede medir únicamente con aplausos.

Consiguió conversación.

Y una obra que genera conversación después del telón sale viva y continua viva en la memoria: yo os lo aseguro…

LA SENTENCIA DEL CRONISTA

Después de observar la función como espectador y después de mirar un poco detrás de ella, mi conclusión no es que Sentencia Conyugal sea una obra perfecta.

No lo es. Tampoco necesita serlo. Porque es un acontecimiento, un contenido social aleccionador.

Tiene momentos de fuerza, personajes que encuentran profundidad, situaciones que provocan identificación y una estructura dramática capaz  de atrapar al público, mantener su interés en el conflicto y dejar huella en el.

También tiene zonas susceptibles de mayor contención, transiciones que podrían afinarse y momentos en los que el exceso amenaza con decir más de lo necesario.

Pero ésa es precisamente la razón por la que vale la pena seguir hablando de ella.

Porque una obra que no provoca nada, la miras y te vas. Puede ser juzgada rápidamente y olvidada.

Sentencia Conyugal no siguió ese camino. Nos hizo reír. Nos hizo molestarnos. Nos hizo tomar partido. Y nos hizo reconocer conductas.

Y, en algún momento, probablemente más de uno, se preguntó si en su propia vida existía alguna versión doméstica de Mercedes, de Paula, de Ángel, de hijos atendidos a medias, del abogado o de aquella fiscal que parecía tener demasiadas cosas que decir.

La sentencia no estaba solamente sobre el escenario. También estaba en las butacas.

Y quizá ésa sea la mejor noticia para Teatro Roca.

Porque una compañía de teatro, no demuestra su vitalidad únicamente cuando llena un escenario.

La demuestra cuando consigue llenar de preguntas la cabeza del espectador.

El telón cayó.

Los actores se retiraron.

Las luces se encendieron.

La sentencia se marcho caminando hacia la salida junto con nosotros.

Y eso, señoras y señores, no es el final de la obra.

Es la prueba de que la obra funcionó.

jfa_ot@hotmail.com

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