¡AVANTI POPOLO! UNA SENTENCIA QUE TAMBIÉN DICTÓ EL PÚBLICO

La sentencia quedó dictada.
TESTAMENTO 3

Teatro Roca puso sobre el escenario una historia de matrimonio, poder, silencios y tragedia.

El público, sin proponérselo, terminó formando parte del juicio.

Culiacán cumple 495 años y la celebración no se quedó en los discursos, las ceremonias ni en la inevitable fotografía oficial.

La ciudad también ha celebrado a plena luz del día y bajo las estrellas; en plazas, calles, auditorios y escenarios donde la cultura encuentra una manera menos solemne —y quizá más eficaz— de conversar con sus habitantes.

Fue así como llegué al Teatro MIA para encontrarme con Sentencia Conyugal, obra dramática de Fernando Sánchez Máyans, llevada a escena por el Grupo Independiente de Teatro Roca, bajo la dirección de Malú Morales.

No sabía todavía que aquella noche, además de asistir a una representación teatral, iba a terminar sentado en una especie de tribunal popular.

La obra comienza con una atmósfera de suspenso que pronto cambia de registro.

Hay un crimen, hay expectativa, y después aparece la comedia ligera, casi doméstica, esa que nace cuando la tragedia todavía no termina de mostrar los dientes y la familia se empeña en comportarse, así, como familia.

Y entonces aparece Mercedes, la madre de Ángel Maquisa.

La suegra.

Ese personaje que en muchas familias no necesita presentación porque basta con pronunciar la palabra para que cada quien recuerde una historia, propia o ajena.

Mercedes, es posesiva, dominante e invasiva. Ángel, su hijo, parece haber crecido bajo esa sombra protectora hasta convertirse en un hombre dependiente, inseguro y con dificultades para asumir el mando de su propia vida. Paula, su esposa, está cansada de la situación y no parece dispuesta a seguir administrando silencios.

El matrimonio ya no es exactamente un hogar: es un campo de batalla.

Y allí comienza lo verdaderamente interesante de la puesta en escena.

Porque Sentencia Conyugal no se limita a contar los problemas de una pareja.

Los convierte en materia de juicio.

El abogado y la fiscal llevan al escenario aquello que normalmente queda encerrado en la intimidad: los agravios, las frustraciones, las culpas, las interferencias familiares, las expectativas incumplidas y esa peligrosa costumbre humana de guardar durante años lo que debió decirse a tiempo.

El escenario y el público asistente se transforman entonces en una suerte de tribunal donde nadie… parece completamente inocente.

Ni siquiera aquellos que sin saberlo han llegado para integrar un jurado y juzgar.

La tensión entre Paula y Mercedes alcanza momentos en los que una conversación familiar parece más bien la negociación previa a un duelo.

Y Ángel, atrapado entre ambas, siente como sus deseos de morir, rivalizan con sus deseos de matar, y permanece como espectador de la lucha eterna por el territorio doméstico, que él mismo ha contribuido a construir con su pasividad.

La situación provoca risa.

Pero no siempre porque sea graciosa.

A veces uno ríe porque se reconoce ante el espejo.

Y quizá ahí reside uno de los aciertos de la obra: en esa incómoda capacidad de hacer que el público encuentre en los personajes alguna conducta, algún defecto, alguna frase o alguna situación que le resulta sospechosamente familiar.

El conflicto matrimonial se vuelve progresivamente más áspero. Los reproches dejan de ser insinuaciones y se convierten en golpes verbales.

Paula y Ángel se arrojan acusaciones que ya no parecen destinadas a resolver nada, sino a cobrar facturas de viejos agravios.

La comedia se va retirando.

El suspenso vuelve a ocupar su lugar.

Y el espectador comienza a sospechar que aquello que empezó como una disputa doméstica puede terminar muy mal.

Pero termina peor.

El desenlace adquiere una crudeza que cambia retrospectivamente el sentido de todo lo anterior.

Ángel Maquisa, ese hijo sobreprotegido que parecía condenado a vivir bajo la autoridad materna, ese esposo dependiente y resentido, termina convertido en protagonista de una tragedia.

Ahí el teatro deja de ser entretenimiento y recupera su antigua función de espejo.

Por un instante, confieso que como espectador estuve a punto de olvidar que me encontraba en una sala de teatro.

Sentí el impulso de gritarle al personaje: “¡Chivo! ¡Cornudo! ¡Pusilánime!”

Por fortuna, mi esposa se encontraba a mi lado.

Y me ordenó callarme.

No sé porque, pero le obedecí.

Aunque no sin dificultad.

Porque el público ya estaba metido en la obra.

Y ése, quizá, fue el mejor juez de la noche.

Las reacciones que la sala mostró, lo que la historia ya había logrado, es algo que ninguna ficha técnica puede garantizar: una identificación plena.

Las mujeres se reconocían en los personajes femeninos; los hombres encontraban sus simpatías —o sus propias desgracias— entre los personajes masculinos.

El público había dejado de observar desde afuera; y ahora estaba observando desde dentro de sí mismo.

Y estaba participando.

Ése es también el mérito que conviene reconocer al Grupo Independiente de Teatro Roca.

Una compañía teatral no se mide solamente por la suma de sus actores, sino por su capacidad para construir una experiencia colectiva. Roca consiguió que un texto escrito décadas atrás encontrara resonancia en un público contemporáneo, y, sobre todo, que el escenario y las butacas dejaran de ser territorios separados.

La dirección de Malú Morales merece reconocimiento precisamente por eso: por conducir una obra de fuerte carga psicológica sin impedir que respirara el humor, la tensión y la reacción espontánea del público.

Y hubo actuaciones que merecen ser destacadas.

Ángel Maquisa exige una transformación progresiva del personaje y ésta resulta particularmente visible.

De hijo consentido pasa a esposo sometido; de hombre dependiente a marido resentido, hasta llegar al desenlace que lo coloca frente a la consecuencia extrema de sus frustraciones.

La Fiscal, por su parte, consigue introducir una dimensión distinta al conflicto y conduce al público hacia una condena moral que ya no necesita demasiado esfuerzo para hacerse escuchar.

Hasta el juez, deliberadamente silencioso, parece formar parte del juego: acaso porque en esta historia todos hablan, todos acusan, todos defienden, empero todos tienen algo que ocultar.

Pero hay una sentencia que no le corresponde dictar al juez.

Ni al abogado.

Ni a la fiscal.

La dicta el público cuando las luces se encienden.

Y aquella noche el público había respondido.

Sentencia Conyugal consiguió algo difícil: hizo reír, provocó indignación, generó complicidades y terminó dejando una sensación incómoda cuando el telón bajó.

Porque detrás del drama matrimonial hay algo más sencillo y más perturbador: las relaciones humanas pueden deteriorarse no solamente por lo que se dice, sino por aquello que se deja de decir durante demasiado tiempo.

Quizá por eso la obra funciona como espejo.

Uno puede mirar a Ángel.

Puede mirar a Paula.

Puede mirar a Mercedes.

Y después, con un poco de honestidad, puede mirarse a sí mismo dentro de su propia casa.

En cuanto a Teatro Roca, habrá que seguirle la pista.

Porque una ciudad que cumple 495 años no sólo celebra su pasado cuando abre espacios para sus artistas:

También demuestra que sigue teniendo algo que decir cuando una compañía de teatro independiente consiguen llenar un escenario y, sobre todo, llenar de reacciones una sala.

La sentencia quedó dictada.

Pero el jurado, por esta vez, fuimos nosotros.

Y siento que nadie salió completamente absuelto.

Jfa_ot@hotmail.com

TESTAMENTO 4

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