La ingeniería política de una decisión que todavía dice no estar tomada
Después de muchos días de observación y escucha del abundante y variado conjunto de valoraciones y probabilidades, conviene volver al proceso interno de Morena en Sinaloa con una precaución elemental: no confundir el ruido de la sucesión con el sonido de la decisión.
Porque una cosa es saber quién aparece arriba en las encuestas y otra, bastante distinta, es averiguar quiénes pasarán la encuesta de depuración y cuál será la correlación de fuerzas políticas posterior.
La diferencia no es semántica. Es política.
La llamada Coordinación Estatal de Defensa de la Cuarta Transformación y la soberanía nacional —eufemismo que, a estas alturas, ya nadie necesita descifrar para entender que se trata de la antesala de la candidatura al Gobierno de Sinaloa— ha dejado atrás la etapa de los trece aspirantes para entrar en otra geometría.
Ahora el tablero se estrecha de trece a seis.
Morena pasará con cuatro perfiles: dos mujeres y dos hombres. El PT y el PVEM agregarán, cada uno, una carta. Seis nombres, entonces, pasarán al filtro que habrá de medir preferencias.
Y aquí empieza lo verdaderamente interesante.
Porque la encuesta no será el principio de la selección: será el resultado de una selección previamente concebida.
Ahí está la ingeniería política.
I. EL TABLERO CAMBIÓ
La primera operación consiste en reducir la complejidad.
Trece aspirantes producen demasiadas variables: trayectorias, grupos, estructuras, alianzas, simpatías, resistencias, territorios y compromisos. Seis producen un tablero administrable.
No es un detalle menor.
Cuando el universo de perfiles disminuye sin reducir la base de sustentación social, cada participante adquiere valor político propio.
La competencia deja de ser exclusivamente por la primera posición y comienza a ser estratégica por entrar al grupo de los seis.
Eso modifica la conducta de los jugadores.
El que sabe que puede ganar, juega para ganar.
El que sabe que quizá no gane, juega para llegar.
Y el que sospecha que tampoco llegará, empieza a jugar para conservar capacidad de negociación después de quedar fuera.
Por eso resulta ingenuo imaginar que los trece están haciendo exactamente lo mismo.
Porque no lo están.
Cada uno está jugando una partida distinta dentro de la misma partida.
La modificación anunciada por el delegado Ignacio Mier —dos mujeres y dos hombres de Morena, más un perfil del PT y otro del Verde— convierte la selección en una suerte de embudo político.
Y todo embudo tiene una característica incómoda: antes de que algo salga por la boquilla, alguien tuvo que decidir lo qué entra.
Ésa es la primera clave.
La discusión pública se concentra en quién tiene posibilidades de ocupar uno de los seis lugares.
Pero la discusión verdaderamente interesante es otra:
¿Con qué criterios se determinará quiénes tienen derecho a competir por esos seis lugares?
Porque las encuestas no pueden medir a quien no aparece en ellas.
Y ahí comienza la diferencia entre democracia estadística e ingeniería política.
II. LA ENCUESTA NO LLEGA SOLA
Durante semanas se ha hablado de encuestas como si fueran una especie de oráculo.
Se pregunta, se tabula, se cruza la información, se levanta el resultado y aparece el elegido.
Qué bonito sería.
Pero la política real rara vez funciona con esa limpieza de laboratorio.
Antes de preguntar hay que seleccionar.
Antes de seleccionar hay que observar.
Antes de observar hay que recorrer.
Y antes de recorrer hay que tener estructura.
Por eso adquiere especial importancia la presencia de Ignacio Mier.
Su papel no se limita a presidir una reunión y pedir unidad.
La propia operación anunciada contempla recorridos por los veinte municipios, revisión territorial y seguimiento de las actividades del proceso.
La prensa local ha reportado que esa tarea forma parte de su responsabilidad como delegado para Sinaloa.
Esto significa que hay dos instrumentos de medición funcionando simultáneamente.
Uno, el que pregunta:
¿A quién prefiere la gente?
El otro, el que observa:
¿Qué ha hecho cada aspirante para construir esa preferencia?
Encuesta y territorio.
Percepción y estructura.
Aptitud, popularidad —buena fama— y capacidad de movilización.
Y probablemente aquí se encuentre una de las claves menos comentadas del proceso.
Porque un aspirante puede aparecer bien colocado en una fotografía estadística y, sin embargo, carecer de la estructura necesaria para sostener con éxito una candidatura.
Otro puede tener una maquinaria territorial considerable y una percepción ciudadana menos favorable.
Y otro puede estar construyendo una tercera variable: las alianzas.
Por eso el famoso “piso parejo” no se juega solamente en las condiciones formales de la inscripción.
Se juega en la equivalencia real de las oportunidades para demostrar quién es cada quien.
Y ésa es una diferencia sustancial.
La encuesta mide una fotografía.
El territorio registra una película.
Morena parece estar intentando mirar ambas.
La pregunta es si ambas mediciones producirán la misma fotografía.
III. DOS MANOS SOBRE EL TABLERO
Aquí entramos en la zona donde la información deja de ser solamente información y comienza a convertirse en lectura política.
Diversas columnas de la prensa sinaloense han interpretado las recientes visitas de Alfonso Ramírez Cuéllar e Ignacio Mier como movimientos relacionados con grupos e intereses distintos dentro del proceso sucesorio.
Varios analistas incluso plantean la existencia de dos polos de poder alrededor de determinadas aspiraciones: uno identificado con el entorno del gobernador con licencia Rubén Rocha Moya y otro con el diputado federal Alfonso Ramírez Cuéllar. [¿?]
Conviene aquí poner una raya.
Eso es una lectura periodística, no una resolución política demostrada.
Pero que sea interpretación no significa que carezca de valor.
Al contrario.
Cuando distintas columnas comienzan a coincidir en una determinada lectura del tablero, esa percepción se convierte por sí misma en un elemento político.
Porque en política la percepción de una correlación de fuerzas también produce otras correlaciones de fuerzas.
Ramírez Cuéllar llegó a Sinaloa, se reunió con empresarios y habló de la necesidad de recuperar económicamente al estado. La recopilación periodística interpreta ese encuentro desde dos perspectivas: la económica y la sucesoria.
Mier, por su parte, llegó con una misión explícita de conducción del proceso interno, llamó a la unidad y anunció trabajo territorial.
Dos movimientos.
Dos lenguajes.
Uno habla de economía, empresarios y recuperación.
El otro de estructura, de aspirantes, de territorio y disciplina.
¿Son parte de una misma operación?
¿Son operaciones paralelas?
¿Son simplemente coincidencias?
El expediente periodístico, no nos permite afirmar todavía una respuesta definitiva.
Pero sí nos permite formular las preguntas claves.
Y ésa es precisamente la función de esta columna de análisis: no la de rellenar con certezas los espacios que todavía ocupan las hipótesis.
Porque si realmente existen dos centros de gravedad alrededor de la sucesión del gobernador, el problema no será determinar cuál grupo tiene más fuerza.
Será observar si ambos pueden terminar confluyendo en una sola decisión.
La política tiene esa curiosa propiedad: dos o más caminos que comienzan separados pueden terminar llegando al mismo destino.
Y cuando eso sucede, el observador suele descubrir que la disputa no era necesariamente por impedir que alguien ganara, sino portener la capacidad de influir en quién resultaría aceptable para todos.
IV. LA PARADOJA MORENISTA: NO HAY CANDIDATO, PERO YA EXISTE LA CARRERA
Aquí está, quizá, la contradicción más deliciosa del proceso.
Oficialmente no hay candidatos.
Hay coordinadores.
No hay pre-campaña.
Hay asambleas informativas.
No hay campaña.
Hay recorridos territoriales.
No hay competencia electoral.
Hay encuestas.
No hay sucesión adelantada.
Pero eso sí, ya hay denuncias, fiscalización, bardas, operadores nacionales, reuniones empresariales, alianzas, estructuras, posicionamientos y columnas enteras dedicadas a interpretar quién está arriba y quién está abajo.
Varios columnistas han puesto el dedo precisamente sobre esa paradoja: si formalmente no son precampañas ni campañas, entonces ¿qué son esas actividades que ya parecen comportarse políticamente como tales?
La oposición ha encontrado ahí un flanco.
Movimiento Ciudadano ha llevado la discusión al terreno de los actos anticipados y la fiscalización.
Y el propio Tribunal Electoral de Sinaloa ordenó al IEES profundizar una investigación relacionada con Imelda Castro, al considerar insuficiente la revisión sobre el origen de recursos y los llamados equivalentes funcionales de apoyo o rechazo
Es decir:
la sucesión todavía no comienza formal y jurídicamente, pero ya comenzó políticamente.
Y ésa es la paradoja.
Pero existe otra paradoja, todavía más importante.
Los que no entren a los últimos seis, no necesariamente salen del juego.
Quedan diputaciones federales.
Quedan diputaciones locales.
Quedan alcaldías.
Quedan espacios en la estructura partidista.
Quedan posiciones en un eventual gabinete.
Quedan grupos políticos que negociar.
Quedan seguidores que sumar.
Quedan estructuras territoriales que ofrecer.
Por eso los trece aspirantes no son simplemente trece nombres.
Son trece paquetes distintos de capital político.
Algunos tienen territorio.
Otros tienen reconocimiento.
Otros tienen estructura.
Otros tienen relaciones nacionales, vínculos de poder.
Otros tienen grupos locales.
Otros tienen alianzas.
Otros tienen capacidad de negociación.
Y algunos quizá tengan varias de esas cosas simultáneamente.
De modo que la verdadera ecuación de la sucesión no es:
13 → 6 → 1.
Es:
13 aspirantes → 6 finalistas → 1 coordinador = a regeneración del poder.
Ahí está la dimensión que suele perderse de vista… cuando toda la atención se deposita en el resultado de la encuesta.
La encuesta contribuirá a decidir quién gana una posición.
Pero la negociación política decidirá qué lugar ocupa cada uno de los demás en el nuevo mapa de poder.
Y ésa es la razón por la que nadie que haya llegado hasta aquí tiene incentivos para abandonar la partida.
EPÍLOGO: LA ENCUESTA QUE NO PREGUNTA TODO
Después de La Encuesta, quizá llegue el momento de hacer una precisión.
No existe una sola encuesta.
Existe una encuesta demoscópica y existe otra, mucho más silenciosa, que se está realizando en los territorios, en las estructuras, en las reuniones, en las alianzas, en los encuentros nacionales y en el comportamiento de cada aspirante.
Una pregunta mide preferencias.
La otra mide viabilidad.
Una pregunta al ciudadano.
La otra observa al político.
Una cuenta simpatías.
La otra calcula capacidad.
Y ambas tendrán que encontrarse.
Por eso, llegado el momento, la encuesta final no deberá leerse como si fuera una aparición divina.
Será la última estación de un proceso que comenzó mucho antes de que alguien levantara el teléfono para preguntar quién le gusta más al ciudadano.
Y aquí está el punto donde la ingeniería política se vuelve visible:
Antes de medir quién puede ganar, hay que decidir quién puede ser medido.
Ésa es la verdadera operación.
Porque la pregunta ya no es solamente:
¿Quién va primero? Sino:
¿Quién está construyendo las condiciones para que, cuando llegue la encuesta, el resultado sea considerado inevitable?
Porque si algo enseña la política —desde Maquiavelo hasta Gramsci— es que el poder rara vez espera sentado a que llegue la voluntad popular.
Primero construye el escenario.
Después ordena los actores.
Luego reduce las opciones.
Y cuando llega la respuesta, suele presentarla como si todo hubiera ocurrido espontáneamente.
La Encuesta, entonces, no tendrá que descubrir solamente quién tiene más perspectivas de votos.
Sino, quién consiguió llegar hasta ella con más poder acumulado.
Porque esa es la verdadera sucesión.











